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Guía del aventurero

Historia de la Lahn

Última modificación : 28 may. 2026, 13:20 (UTC)

La doncella de las orquídeas


En un lejano reino oriental, se alzaba un imponente castillo llamado Kirin. Un buen día, la maleza que cubría la parte trasera de la fortaleza comenzó a arrastrarse hacia el interior de sus murallas. Las familias nobles más influyentes del reino debatían sobre el significado de este presagio cuando las nubes empezaron a acechar a la luna llena hasta cubrirla por completo.

Sin embargo, un pequeño claro en un bosque cercano permaneció iluminado durante seis días. Fue entonces cuando reputados eruditos declararon:

Este es el aroma de una orquídea. ¿Acaso existe una fragancia más elegante? Este olor lleva ya varios días impregnando la aldea vecina. ¿No están de acuerdo en que se trata del más auspicioso de los augurios, y que la planta que desprende tal fragancia tiene un valor incalculable?


El rey, al escuchar el clamor de los eruditos, ordenó a sus soldados registrar el bosque y traer ante él la fuente de aquel aroma. Los soldados del rey partieron en busca de la luz del bosque. Finalmente, dieron con una espléndida flor de orquídea. Bajo ella, envuelta en pañales, se encontraba una criatura tan delicada y magnífica como la propia flor.

 

La criatura fue llevada al castillo. Pronto se extendió el rumor de que el bebé era la diosa de las orquídeas, renacida en este mundo como una bendición celestial para el reino, o bien una descendiente de las propias orquídeas. El reino entero se regocijó. Incluso el rey, denigrado en todo su territorio por su crueldad, juró criar a la niña él mismo para que se convirtiera en la protectora del reino. La pequeña poseía un potencial latente inimaginable. Al darse cuenta de ello, muchos de los maestros de artes marciales del reino se disputaban el honor de ser quienes la entrenaran. Sin embargo, el rey tenía sus propias ideas sobre cómo debía ser su educación. Se le enseñó a ejecutar danzas de espadas ceremoniales en festivales y otros eventos especiales. Y aunque sus demostraciones eran de una belleza sublime, jamás se le permitió ir más allá de dichas danzas ni aprender el verdadero arte de la espada.

 

Sin embargo, a pesar de que no se le permitía pulir su físico, logró cultivar su mente bajo la tutela de muchos de los grandes sabios del reino. A los dieciséis años, la joven se convirtió en la guardiana del santuario y asumió nuevas e importantes responsabilidades. Hizo todo lo posible por asesorar a la corte real con su elocuencia y su mente inigualables. Su deseo era encauzar de nuevo el reino, que había comenzado a marchitarse tras los largos años de tiranía del vil monarca.

 

Por todo ello, el pueblo llano llegó a adorarla. No obstante, también despertó desconfianza. Su creciente popularidad e influencia no pasaron desapercibidas ni se libraron de las envidias. Varios miembros de la corte real comenzaron a conspirar en su contra, sembrando el miedo y la duda en el corazón del rey. Temeroso de la devoción que el pueblo le profesaba, el soberano encerró a la doncella orquídea en una estancia aislada, y solo le permitía salir para celebrar los rituales del santuario.

 

Un buen día, un joven trepó por las murallas y se coló en los aposentos de la guardiana del santuario. El joven se presentó a sí mismo como Yeung Reung-Hyang. Aunque ya formaba parte de la corte real, afirmó con total convicción que, tarde o temprano, se convertiría en el guerrero más fuerte de todo el reino.

Sé que posees un potencial enorme, guardiana del santuario, y que solo estás esperando a ser liberada. Cualquiera puede darse cuenta con solo ver la maestría con la que ejecutas tus danzas ceremoniales, todo el que las contempla queda cautivado al instante por tu destreza. ¿De verdad quieres pasar el resto de tus días sin más aprendizaje que el de tus libros?


La doncella, guardiana del santuario no tardó en darle la razón a Yeung y comenzó a entrenar en secreto con él. Para conmemorar la ocasión, Yeung le obsequió una cinta de tela larga y resistente para que pudiera recogerse el cabello durante los largos años de riguroso entrenamiento que les aguardaban.

 

Así, ambos dieron inicio a su adiestramiento conjunto, sin que nadie más en el reino sospechara lo que ocurría. La doncella, que era sumamente inteligente y talentosa, pronto logró igualar la destreza de Yeung. A medida que practicaban juntos, las habilidades marciales de ambos florecían de cada vez más. Con el paso de los años, la doncella se convirtió en una mujer elegante y sabia, ganándose aún más la adoración del pueblo. Mientras tanto, las noticias sobre la destreza marcial de Yeung se propagaron por todo el territorio, transformándolo en un auténtico héroe a ojos de la gente común.

Durante este tiempo, el rey cayó en una paranoia cada vez más profunda, alimentada por las intrigas de sus traicioneros cortesanos. El monarca comenzó a sentir celos de la popularidad de la doncella, deseaba desterrarla del reino, pero temía dar a sus súbditos una razón más para odiarla. Un día, uno de los cortesanos le dijo al rey:

Temo lo peor, Majestad. Esa mujer, la guardiana del santuario… Estoy seguro de que intenta ganarse a vuestro pueblo para arrebataros el trono que por derecho os pertenece. Deberíais ordenarle que tome el castillo de Eshi junto a ese alborotador de Yeung. ¿Podéis creer que ha estado intentando ganarse el favor de la gente común? Podéis aprovechar esta oportunidad para aseguraros de que ambos caigan en combate. Solo entonces vuestra gracia y honor podrán volver a descansar en paz.

 

Durante incontables años, el reino había intentado capturar el castillo de Eshi. Sin embargo, era una fortaleza inexpugnable.

 

Tan pronto como el rey dictó la orden de atacar el castillo de Eshi una vez más, Yeung y la doncella emprendieron la marcha de inmediato, acompañados por los aliados más cercanos de Yeung y un batallón de soldados elegidos personalmente por el monarca. Aunque a Yeung le pareció extraño que se destinaran tan pocos recursos a la expedición, no se atrevió a cuestionar las órdenes reales. Además, estaba convencido de que, al contar con la doncella de su lado, la victoria estaría garantizada. Después de todo, aunque todo el mundo conocía la agudeza mental de la joven, nadie más sospechaba de sus habilidades marciales. 

 

Marcharon hacía seis días y el castillo de Eshi seguía sin aparecer por ninguna parte. Al final, llegaron a un vasto descampado. Los juncos se mecían con el viento como las olas de un mar turbulento. De repente, como si hubieran recibido una señal invisible, la vanguardia del rey volvió sus lanzas contra la guardiana del santuario y el grupo de Yeung. En ese preciso instante, Yeung lo comprendió todo… la escasez de recursos, las marchas sin rumbo fijo con el castillo desaparecido… todo había sido una trampa orquestada para acabar con sus vidas. Ambos sintieron una profunda contradicción en sus corazones. Una cosa es perder la vida ante el filo de un enemigo en el fragor de la batalla pero otra muy distinta es tener que luchar contra tus propios compatriotas, los mismos a quienes considerabas tus camaradas de armas.

Los soldados de la vanguardia, sin temor alguno hacia Yeung ni hacia la guardiana del santuario, arremetieron con sus lanzas. Mientras ambos permanecían inmóviles, conmocionados y divididos por el dilema, los hombres de Yeung lucharon con uñas y dientes para proteger a su líder contra los soldados. Al verlos caer uno a uno, Yeung no pudo contener un grito de puro dolor. Empuñó el arma de uno de sus camaradas caídos y se lanzó al combate. Sin embargo, la desventaja numérica era abrumadora. Su valeroso esfuerzo no fue rival contra la superioridad del ejército del rey, y se dispuso a aceptar su fatídico destino.

En ese trágico instante, divisó un péndulo astral oscilando en el aire, segando las filas de los soldados atacantes. Era la mismísima doncella, guardiana del santuario. Había atado el péndulo a un extremo y una espada al otro de aquella larga cinta de tela que Yeung le había regalado tantos años atrás. Con este insólito artefacto, despedazaba a sus enemigos en un despliegue marcial de una elegancia sublime, algo que Yeung jamás había presenciado. Al parecer, había mantenido oculta esa destreza incluso ante él. Yeung se preguntó… ¿cuántas incontables horas, cuántos años de su vida habría dedicado a perfeccionar un arte tan letal? 

Al verla luchar, una nueva bocanada de energía recorrió su cuerpo. Si ella no se había rendido, él tampoco lo haría.

Finalmente, el último de los traidores mordió el polvo. El descampado había quedado empapado en sangre, pero a pesar de la carnicería que rodeaba a Yeung y a la guardiana, un intenso aroma a orquídeas impregnó de pronto el aire. Yeung, gravemente herido y apoyándose con pesadez sobre su espada, se dirigió a ella:

Huye de aquí… ve hacia el oeste.
Si regresas al reino ahora… buscarán otra forma de… intentar… matarte.
Así que marcha al oeste… y sigue entrenando.
Quizá algún día… cuando seas lo bastante fuerte… puedas volver a tu hogar… pero ahora… debes marcharte.

 

La guardiana del santuario, confundida por las palabras erráticas de Yeung, intentó tomar su mano. Sin embargo, Yeung la apartó de un golpe. Fue entonces cuando ella reparó en la hoja de una espada que atravesaba el pecho del joven. En ese instante, comprendió el verdadero significado de sus palabras:

No hay nada… por lo que estar triste.
Siempre estaré contigo… en espíritu.
Cada vez que entrenes… será como si… estuviera a tu lado.
Así que, por favor… no llores…

 

Esas fueron las últimas palabras de Yeung, arrastradas por el viento en un torrente de pétalos. Mientras sostenía su cuerpo sin vida entre los brazos, aquellas palabras no dejaban de dar vueltas en su cabeza. Yeung era astuto y valiente, este no era el final que ella había imaginado para él. Tras enterrarlo, se vio incapaz de apartarse de su tumba. Pensó en su propia vida, en cómo la habían mantenido aislada del mundo, encerrada bajo llave. No iba a volver a esa existencia. Tampoco iba a huir para convertirse en una sabia que solo conocía la vida a través de los libros. Había luchado y había matado. Ahora era una guerrera. Había perdido a su compañero más cercano, pero su historia no había hecho más que empezar.

Por ello, la doncella y guardiana del santuario se hizo una promesa... viajaría hacia el oeste y jamás dejaría de entrenar. Y, el día de mañana, cuando fuera lo suficientemente fuerte, regresaría a su hogar para ajustar cuentas con aquellos que los habían traicionado.

 

A partir de ese instante, se convertiría en la protectora de los débiles y purgaría el mal del mundo.

 



El despertar de la Lahn


Lahn escapó de su hogar en Oriente y llegó al continente occidental con el único fin de refugiarse en el adiestramiento y sanar las heridas de su trágico pasado. Se hallaba de pie bajo la lluvia torrencial, contemplando un cielo teñido de azabache mientras la tormenta rugía con fuerza. Lahn aguardaba allí, anhelando que el aguacero borrara el recuerdo de su amado, de su maestro y de la traición que había truncado sus vidas. El arma que aferraba entre las manos se había convertido en un amargo recordatorio que la atormentaba a diario.

 

Demasiados interrogantes seguían abrumándola. La rabia contenida hizo que se mordiera el labio hasta hacerse sangre, y el peso del pasado la obligó a caer de rodillas. En cuanto su rostro golpeó el lodo, su visión se nubló y revivió las botas de los soldados que la habían traicionado. Los recuerdos volvían a encadenarla una vez más.

Las lecciones que te enseñé, y que exhibes a la perfección en tu danza de la muerte, están nubladas por el humo del pasado.

 

Aquella voz le resultó dolorosamente familiar. Se puso en pie tambaleante y, en cuanto sus ojos se cruzaron con los del hombre, el tiempo pareció detenerse al instante. «¡Yeung Reung-Hyang!», exclamó presa de la emoción, y su grito resonó con tanta fuerza que habría sido capaz de sobresaltar a los espíritus en su letargo. «Te vi morir, ¿cómo es posible?», tronaron las palabras desde su boca, mientras los recuerdos fluían como una cascada.

¿Cómo iba a ignorar los lamentos de la orquídea que llora? Te dije que siempre estaría contigo, ¿es que no creíste en mis palabras?


Por un instante, Lahn se le quedó mirando. La dulce voz que tanto la había perseguido volvía a resonar ante ella:

Lo dimos todo por nuestra patria y, a cambio, nos traicionaron. Las cicatrices de nuestras espaldas no son más que el reflejo de la ambición de las víboras de la corte. Pero hemos sobrevivido. No hay tinieblas a las que debamos temer, debemos abrazar la oscuridad y salvar al mundo de la corrupción, proteger a los inocentes. El sendero que nos aguarda está cubierto de espinas, pero la orquídea no teme a sus heridas.

 

En cuanto él tomó su mano, el corazón de Lahn dio un vuelco. ¿Era alivio por volver a verlo con vida? ¿O era un mal presentimiento?

Mientras te buscaba, mi orquídea, percibí la fuerza de un arma divina. Su energía entonaba una melodía poderosa, un canto que auguraba el retorno de la inocencia y la erradicación de la impureza. Si logramos controlarla y hacerla nuestra, no volverá a faltarnos nada.

 

Lo habría seguido hasta el fin del mundo, dispuesta a permitir que su espíritu recorriera el sendero que tanto ansiaba transitar. Viajaron juntos durante varios días hasta que se toparon con dos empuñaduras clavadas en el suelo. Para cualquier otra persona, no habrían sido más que reliquias de guerras pasadas, sin embargo, ella podía sentir el inmenso poder que emanaba de su interior. No cabía duda de que se trataba de armas divinas, tal y como Yeung le había asegurado. Presintió que, si lograba alcanzarlas, podría enmendar las injusticias del pasado. Quienes la traicionaron hincarían la rodilla, y aquel reino de paz sobre el que tanto había leído en los libros por fin se alzaría. Su mano se extendió hacia aquel poder, capaz de moldear el mundo a su voluntad.

 

De repente, el cielo se resquebrajó y las tinieblas la rodearon. Contempló horrorizada cómo la oscuridad se adhería a sus dedos y, acto seguido, comenzaba a consumirla. Las hojas estaban malditas, impregnadas por el influjo de un dios maligno. Al buscar a Yeung con la mirada, solo se topó con una sonrisa retorcida.

 

"Pobre necia, dulce e ingenua. ¿De verdad creíste que los muertos podían regresar a la vida? ¿O es que fuiste incapaz de ver a través de mi ilusión? Como ves, profané el cuerpo del traidor de Yeung y exhibí su cabeza decapitada en la capital a la vista de todos. ¡La tuya será la siguiente, y mi nombre será recordado durante generaciones!"

 

A medida que la ilusión de Yeung se desvanecía, comprendió que aquel hombre era uno de los traidores de la corte que habían provocado la muerte de su amado. Un monstruo con piel de cordero, alguien que le había arrebatado su vida por completo, se alzaba frente a ella. Lahn intentó echar mano de su péndulo astral, pero se quedó completamente paralizada cuando una oleada de náuseas y asco se apoderó de todo su ser.

 

"Has despertado los Sangfanjes, que habían permanecido aletargados durante miles de años. Tú, que poseías un espíritu tan puro, caerás ahora presa de las tinieblas. Tu obsesión por ese hombre miserable te ha conducido hasta aquí, y ahora tu cuerpo y tu alma serán devorados por los Sangfanjes."

 

Lahn luchó contra la corrupción que recorría todo su ser mientras hundía su espada noble en lo profundo del pecho de aquella bestia. Un hedor nauseabundo emanó de su cuerpo. Sin embargo, en lugar de caer muerto, el traidor la miró fijamente a los ojos y soltó una carcajada. Acto seguido, sacó una piedra oscura que mantenía oculta la cual había obtenido durante sus viajes por el continente y se la tragó por completo, transformándose mediante un proceso alquímico.

 

"Te subestimé, muchacha. No solo has despertado a los Sangfanjes, sino que además has logrado resistir su corrupción durante todo este tiempo. Voy a disfrutar enormemente devorando lo que sea que quede de ti"

En ese instante, una energía misteriosa envolvió el cuerpo del traidor. Se despojó de su caparazón humano a medida que su fisonomía empezaba a deformarse y expandirse, hipertrofiando sus músculos. Lahn, por su parte, comenzaba a perder el control. Estaba sucumbiendo a un instinto primitivo en lo más profundo de su ser, algo que solo había experimentado una vez en el pasado, una sed insaciable de muerte y destrucción. Sin que ella misma lo supiera, su poder divino innato y la maldición del dios maligno que habitaba en las espadas se habían armonizado, dando origen a una fuerza destructiva descomunal. Se abalanzó con furia, canalizando esa sed de sangre contra la bestia que tenía enfrente. Ambos chocaron, y el eco del metal golpeando contra el hueso inundó el aire mientras el horrendo monstruo desviaba los ataques de Lahn con protuberancias óseas que habían rasgado su propia carne.

 

"¡Mírate! No eres ninguna orquídea, eres un monstruo. No eres mejor que yo. Los Sangfanjes te han elegido, y el único sendero que te queda por recorrer es el mismo que transitó Yeung"

La espantosa carcajada del monstruo inundó el aire. Sin embargo, esas fueron sus últimas palabras antes de que el traidor se desvaneciera por completo. Se había asestado un golpe fatal, pero Lahn ni siquiera era consciente de que dicha acción había sido ejecutada por los propios sangfanjes que aferraba. Estas armas divinas habían despertado, por fin, tras milenios de letargo.

 

Permaneció inmóvil bajo la lluvia torrencial, con el cielo teñido de negro mientras la tormenta rugía a su alrededor. Lahn aguardaba allí, con la esperanza de que el agua limpiara la sangre que la cubría. A su alrededor yacían esparcidas montañas de cuerpos sin vida. El eco de las risas se entremezclaba con el crepitar del fuego. El aroma a orquídeas había sido reemplazado por el hedor de la sangre. Sintió un tirón en su vestido y, al bajar la mirada, vio un rostro horrorizado que suplicaba clemencia. «Asqueroso», pensó para sí, antes de atravesar a aquella persona con los sangfanjes. La sangre escarlata salpicó sus mejillas blancas como la nieve, pero a ella no le importó. Se dio la vuelta y se alejó de allí, como si nada hubiera pasado.

 

Corrompida por las espadas, había llegado a la conclusión de que el descanso eterno era la única felicidad verdadera, convirtiéndose en una figura de pura demencia que segaba la vida de todo cuanto se cruzaba en su camino.

 

Un día, como consecuencia de un acontecimiento de gran trascendencia que sacudió el continente, perdió sus recuerdos y, junto con ellos, los Sangfanjes.