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Guía del aventurero

Historia de la Domadora

Última modificación : 12 jun. 2026, 08:46 (UTC)

Isla Haemo


En el punto más remoto del Oriente, se encuentra una isla colosal plagada de bestias feroces. La Isla Haemo, la cual permanecía totalmente ajena a la civilización humana. Allí, la ley del más fuerte era la única regla que gobernaba sus tierras. Sin embargo, en un acto de desesperación, una mujer viajó hasta esas islas con una niña recién nacida en sus brazos.

 

Herida y agotada por el largo viaje, la mujer empleó sus últimas fuerzas para llevar a la pequeña tan lejos como pudo. Tener que atravesar el bosque resultó ser demasiado para ella y antes de alcanzar lo más parecido a un refugio, sucumbió a sus heridas y falleció dejando a la recién nacida sola e indefensa. Una bestia que pasaba por allí, quizás atraída por el rastro de la sangre, se interesó por la pequeña. La criatura la recogió y decidió cuidarla junto a sus propios cachorros.

 

La niña creció totalmente asilvestrada, pero la pureza de su corazón permaneció intacta. Cuidaba de las bestias heridas tras los combates, jugaba con los nuevos cachorros y se convirtió en una parte integral de la manada. Sin embargo, había un humano que también llamaba hogar a la Isla Haemo. Este sabio, llamado Hwisa, regresó tras un largo viaje en busca de un sucesor y quedó fascinado al instante por aquella pequeña que había aparecido en la isla durante su ausencia. Heuklang, una bestia legendaria, también sintió una afinidad inmediata por la niña y decidió adoptarla como propia.

 

Con la ayuda de Heuklang, Hwisa logró comunicarse con la niña y, con el tiempo, sus tendencias salvajes fueron desapareciendo. Sin embargo, incluso cuando la comunicación era un obstáculo, la joven absorbía las enseñanzas de su nuevo maestro. Su valentía la ayudó a domar a las bestias de la isla, mientras aprendía a blandir sus propias garras al practicar el arte de la espada.

 

La niña siguió creciendo y, con ella, su curiosidad. Empezó a preguntarse quién era y cómo había terminado en aquella isla. Se dirigió a la costa en busca de pistas sobre su llegada y llegó un día en el que, mientras recorría el perímetro de la isla, sorteando rocas y explorando cuevas, descubrió una vieja embarcación casi sepultada por la vegetación local. No era de Hwisa, por lo que decidió inspeccionar el exterior y vio algunas marcas extrañas, pero nada que realmente sirviera para identificarlo. Al mirar en su interior, descubrió unos cuantos harapos sucios. Los sacó de la embarcación y, al desplegarlos, una hermosa horquilla cayó al suelo. La recogió y se la llevó a Hwisa.

 

Hwisa estaba sentado, casi sumido en la placidez, apoyado sobre Heuklang. La bestia fue la primera en sentir que algo se aproximaba y dio un leve empujón a su maestro en dirección a la joven. Sin mediar palabra, ella le entregó la horquilla.

¨Quería saber más sobre cómo llegué aquí, así que bajé a la costa y encontré esto. Por favor, no te enfades conmigo¨ dijo la joven con timidez.

 

Hwisa no parecía enfadado, todo lo contrario, se veía tan intrigado como ella. La horquilla tenía un diseño exquisito. La joven observó la maestría de su artesanía, las hermosas incrustaciones de oro con piedras de jade engastadas. Era, verdaderamente, una pieza de joyería magnífica. El maestro se la devolvió a la joven con un leve lanzamiento.

 

¨Es una horquilla de una manufactura y calidad increíbles, probablemente perteneciente a la nobleza. Sin embargo, te aconsejaría que no te lanzaras de cabeza hacia tu pasado. A veces, las rocas del presente entierran un pasado espantoso, y puede que ese sea el caso aquí.¨ Hwisa volvió a recostarse sobre Heuklang. Su rostro, carente de toda emoción, resultó imposible de descifrar para la joven.

 

Mientras Hwisa y Heuklang dormían, la joven abandonó el campamento y se dirigió hacia la embarcación. Al sentir la arena de la playa bajo sus pies, los nervios la invadieron. Nunca antes había visto la civilización y, sin embargo, allí estaba, a punto de zarpar en un viaje monumental. El agua gélida del mar rompió contra sus piernas mientras empujaba el bote hacia el oleaje y saltaba a su interior. Necesitaba conocer su pasado antes de poder forjar su propio futuro. Mientras los remos acariciaban el agua de forma casi silenciosa, sintió que las miradas vigilantes de Heuklang y Hwisa seguirían cada uno de sus movimientos desde la distancia.

 



El despertar de la Domadora


Al llegar a las costas del mundo humano, quedó maravillada. Había civilización hasta donde alcanzaba la vista. Hasta el momento, la única persona que había conocido era su maestro y, de repente, se encontraba rodeada de más y más gente. Miles de personas abarrotaban las estrechas calles del mercado. El aroma de las especias y de los productos recién horneados inundaban su nariz. Estaba hechizada por todo lo que el mundo tenía para ofrecer. Deseaba explorar más, pero tenía una tarea pendiente...

 

Vagó por el mundo, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Cada lugar le brindaba algo nuevo que aprender, algo nuevo que experimentar. A través de sus viajes, aprendió muchísimo sobre la cultura y la sociedad humana. La penuria de los pobres y la aparente extravagancia de los ricos la enfurecían, pero sentía que este no era el mundo en el que ella pudiera generar un cambio.

 

En cada parada de su viaje, preguntaba por la horquilla, pero nadie sabía nada. En un par de ocasiones, unos maleantes intentaron arrebatársela, pero ella se deshizo de ellos con una facilidad casi insultante. Un día, dio por casualidad con una antigua biblioteca, prácticamente en ruinas y con estandartes rasgados colgando del techo. Los hermosos emblemas de una casa olvidada estaban manchados de sangre seca. Algunas de las paredes de la biblioteca habían sido derribadas y las marcas de hollín cubrían partes del suelo donde se habían encendido hogueras, probablemente usando la madera de las estanterías destrozadas que la rodeaban. Exploró entre los escombros, más por curiosidad que por un objetivo concreto, cuando la puerta se abrió. Saltó tras una columna y observó cómo entraba una anciana, no más alta que la propia joven. La mujer se acercó a un enorme retrato familiar que colgaba de la pared y depositó un ramo de flores, sencillo pero hermoso. Entonces, la anciana se dio la vuelta y se dirigió a la muchacha.

 

"Hija mía, ¿qué haces en un lugar como este?"

 

Pero la joven no respondió. En su lugar, se quedó mirando fijamente la ornamentada horquilla que aparecía en el retrato. Era prácticamente idéntica a la que ella sostenía en sus manos en ese momento.

 

"¿Quiénes son esas personas?" preguntó la joven. En lugar de responder de inmediato, la anciana le ofreció un lugar donde quedarse ya que podrían hablar con más calma una vez que la oscuridad cayera sobre la ciudad. Aquella noche, la joven supo de su familia y de la guerra civil que había asolado sus tierras. Supo del golpe de estado triunfante, de la masacre de todos los leales al linaje y, finalmente, de la dama de compañía que huyó con la pequeña princesa en brazos en medio del caos. La joven comprendió que ella era esa misma princesa y, tras conocerlo todo sobre su familia, sintió una extraña paz. Agradeció a la mujer la cálida hospitalidad recibida esa noche y partió rápidamente de regreso a la Isla Haemo.

 

El viaje de vuelta fue mucho más rápido y fluido. Su curiosidad ya no la distraía ni la mitad de lo que solía hacerlo y, antes de darse cuenta, se encontraba a los pies de la isla. Sin embargo, no sintió que aquel fuera su hogar. Algo había ocurrido. Los pájaros no cantaban, las bestias no se movían y no podía sentir la presencia de Heuklang. Corrió veloz hacia la cima de la montaña. El olor a sangre ascendía espeso desde lo más alto. Los cadáveres de soldados y bestias sembraban el sendero hacia la base de su maestro. Cuando llegó, encontró a Hwisa recostado contra Heuklang, como solían hacer a menudo, pero la vida ya los había abandonado. Se agachó junto a ellos, inspeccionando las heridas mortales que habían sufrido, y rompió a llorar. Sabía que habían muerto por su culpa, que ella había llamado demasiado la atención en los pueblos y con el reciente conocimiento de que sus padres habían sido asesinados, sintió que cualquiera que estuviera cerca de ella sufriría el mismo destino.

 

Apiló rocas sobre los cuerpos a modo de tumba improvisada y clavó su espada corta en la tierra, justo sobre ellos. Se despidió por última vez y descendió por la ladera de la montaña. Mientras sorteaba un tramo difícil, se sobresaltó al ver una sombra negra que aparecía ante ella. La criatura aguardaba pacientemente al otro lado de una roca, observándola con firmeza. Cuando la joven se acercó, la sombra abrió los ojos y se frotó contra sus tobillos. Supo de inmediato que aquel cachorro era una bestia Heuklang y que en su boca portaba un , el arma más preciada de Hwisa. La joven aceptó el arma y decidió tomar al pequeño cachorro bajo su protección. Aunque ahora era débil, sabía que algún día sería lo suficientemente fuerte como para demostrar ser un digno compañero de viaje.

 

Juntos, regresaron a la embarcación y pusieron rumbo al oeste, en busca de la civilización para encontrar, una vez más, un nuevo lugar al que llamar hogar. Con el de su maestro en sus manos así como el joven Heuklang a su lado, sintió que el mundo se abría ante ella, rebosante de nuevas posibilidades.