Historia de la Guardiana

La destructora del Ynix
No hay ningún dios en este mundo.
La sangre negra de Omua consumió la piel blanca como el marfil y trazó un sendero desde el Monte Nieveterna hasta donde duerme el colmillo del dragón. Un mensaje para el linaje del parásito que robó la Llama Sagrada: La maldición del dragón aún no ha terminado, todavía perdura.
No hay ningún dios en este mundo.
La sangre negra de Omua derritió los huesos heredados del parásito. Una pequeña brizna de dolor para recordar la agonía de cuando dios le cercenó las piernas y le arrancó las alas. Un mensaje para advertirles que, a menos que la Llama Sagrada sea devuelta, la antigua gloria de la Montaña Dorada quedará sepultada para siempre en un invierno eterno.
No hay ningún dios en este mundo.
La sangre negra de Omua devoró la sangre de los silenciosos y devanó el grito de su ira sobre el pacto roto del parásito. Para liberar a Omua de la maldición de muerte de los dioses y recuperar la Llama Sagrada, se selló un pacto con el Espíritu Oscuro.
No hay ningún dios en este mundo.
Cuando salí por primera vez de mi crisálida y contemplé el paisaje invernal, tomé el hielo cálido y delgado que me rodeaba y congelé los fragmentos de memoria grabando la sangre de Omua por todo mi cuerpo. Sé que el olvido me abrumará cuando el pacto se consuma, pero lucharé por mantener cada recuerdo intacto.
No hay ningún dios en este mundo.
Finalmente, la sangre negra de Omua floreció en un tono rojizo por todo mi cuerpo.
Y ahora, nos aventuramos más allá de la Montaña Dorada.
Es en el inmenso poder y control del Espíritu Oscuro donde deposito ahora mi confianza.
El Ynix, la Llama Sagrada, será mía, y con ella consumiré a todos los dioses por sus transgresiones.
No hay ningún dios en este mundo.
En mitad de una noche sin luna en las Tierras Altas de Zvier, un joven venante contempló Monte Nieveterna y susurró: