Historia del Ninja

Entre las sombras
El líder de la hermandad de los ninjas era temido en cada territorio. A pesar de su juventud, las historias de sus hazañas durante la guerra eran difundidas por sus aliados y narradas como relatos de terror por sus enemigos. Verse superado en número no significaba nada para él, era capaz de segar las vidas de sus adversarios oleada tras oleada, aquellos que lograban escapar con vida jamás osaban volver a enfrentárse a él debido a un terror ciego. Su juventud hacía que, al principio, muchos oponentes lo subestimaran, pero hacia el final de la guerra terminó por fortalecer su propia reputación.
Aunque sus recuerdos de aquella época estaban difusos, todavía recordaba el sabor de la derrota. Recordaba retroceder hacia el bosque, pero era incapaz de recordar cómo llegó a suceder. Jamás perdía una batalla, de eso estaba seguro, pero mientras permanecía sentado junto a la fogata con la mirada fija en las llamas, intentaba descifrar cómo había terminado allí.
Al principio, su labor consistía puramente en la recopilación de información. Eran, por supuesto, un clan ninja emergente, sin embargo, la casa Narusawa atravesaba tiempos difíciles. Su caída del poder serviría como un caso de estudio en los libros de historia sobre cómo una casa podía pasar de ser la más poderosa aun estando al borde de la extinción.
La guerra había causado estragos en la casa Narusawa. Sufrieron numerosas bajas y ciertas decisiones les hicieron perder el respeto ante muchas otras hermandades. Con su influencia y poder mermados, la propia casa sentía que los vencedores de la guerra irían a por ellos para convertirlos en un castigo ejemplar.
El plan era sencillo, infiltrarse en los salones de cada hermandad, hurtar algunos documentos y regresar para informar. Sin embargo, no les resultó nada fácil. Cada miembro de la hermandad había sido un combatiente en la guerra. El campo de batalla era tarea sencilla, y el objetivo, todavía más sencillo de cumplir... es simplemente ir allí, matar al objetivo y regresar. Pero, ¿Qué hay del espionaje? Ese era un mundo completamente nuevo que debían aprender.
Cada ninja eligió una hermandad distinta en el cual infiltrarse. El líder decidió encargarse de la casa que más beneficios obtendría con la caída de la casa Narusawa. Aquella casa había ascendido posiciones a base de desinformación, y él consideraba que era la candidata más probable detrás de cualquier juego sucio.
Acceder al lugar fue sencillo. Corrió fachada arriba, bordeó la parte superior y pegó un salto hacia un tejado cercano. Con absoluta sutileza, saltó de techo en techo, evadiendo por completo a los guardias que patrullaban por la zona de abajo. En poco tiempo, logró llegar al edificio principal. Sin embargo, mientras permanecía agazapado en el tejado vigilando los movimientos de la guardia, se dio cuenta de algo, no pertenecían a una sola hermandad. Cuatro de las cinco grandes casas feudales estaban allí presentes, solo faltaba la casa Narusawa. Aquel despliegue de seguridad iba a resultar problemático. Ya no podía colarse por la ventana, como era su intención inicial, por lo tenía que buscar un modo alternativo, un tragaluz o abertura que pudiese haber en el tejado. Registró toda la superficie, pero no encontró nada semejante.
La única opción era abrirse paso a la fuerza. Levantó con cuidado algunas de las tejas, las depositó a un lado sin hacer ruido y se deslizó por la rendija. Se encontraba ahora sobre las vigas de las cocinas, desde donde avanzó de manera lenta pero segura hacia el salón principal. Las sombras parpadeaban y danzaban por las paredes bajo la luz de las antorchas, pero los hombres permanecían sentados e inmóviles. El ninja se camufló con las vigas del techo y ralentizó su respiración hasta volverla un susurro para poder concentrarse en el murmullo de las voces inferiores.
"¿Por qué no limitarse a destruir la casa Narusawa como con las demás hermandades?"
"Si hacemos eso, corremos el riesgo de provocar una revuelta. Necesitamos algo que los convierta en los villanos. Traicionar a un aliado de forma tan descarada, sin duda, haría que todas las miradas se posaran sobre nosotros." dijo un hombre, que no superaba los treinta años, mientras presidía la mesa... "Necesitamos algo mejor…" hizo una breve pausa, "más traicionero".
Un murmullo de aprobación recorrió el lugar mientras las sombras danzaban como demonios sobre las paredes. De pronto, los espectros proyectados se detuvieron por completo y, de forma casi imperceptible, parecieron clavar la mirada directamente en él. El ninja permaneció inmóvil, pero el vello de su nuca se erizó al instante. El gélido yugo del miedo pareció atenazarlo por completo, las sombras seguían congeladas a pesar del titileo de las llamas. Había escuchado todo lo necesario, tenía que salir de allí de inmediato. Se incorporó con cautela y volvió a escurrirse por la abertura del tejado. Sin embargo, mientras intentaba abrirse paso para escapar del complejo, una teja cedió bajo sus pies y se estrelló contra el suelo del piso inferior.
Empezó a correr a toda prisa por el tejado, el sigilo había quedado atrás, reemplazado por el puro instinto de supervivencia. Una flecha pasó silbando a su lado, luego otra, y otra más. Cada proyectil se clavaba más cerca del blanco. Su falta de experiencia en misiones de extracción era notable, en lugar de moverse con quiebros erráticos para ponérselo difícil a los arqueros, corrió en línea recta. Sin embargo, ya alcanzaba a ver el muro justo frente a él. Se impulsó por los aires en el preciso instante en que una flecha lo alcanzó por la espalda. Sintió un dolor agudo y desgarrador que le recorrió todo el cuerpo mientras el salto lo proyectaba por encima del muro. Al aterrizar, todo su equilibrio lo abandonó y su cuerpo se estrelló directamente contra el suelo. El tormento de la flecha incrustada en su espalda lo mantenía inmovilizado, no podía moverse, pero sabía que tenía que huir. Sintió que los ojos empezaban a cerrarse por si solos.
A través del silencio, percibió el crujido de las puertas al abrirse y el eco de los ladridos. Se obligó a ponerse en pie. El dolor, que apenas un minuto antes era tan lacerante, pareció desvanecerse por completo mientras se adentraba en el bosque. No tenía tiempo para cuestionar su sufrimiento, se limitó a seguir corriendo, con pisadas tan leves que apenas quebraban las ramas secas bajo sus pies.
Atribuyó su escapatoria a su propia resiliencia y al vigor de su juventud, sin embargo, por más que se alejaba del complejo, no lograba sacudirse la desconcertante sensación de que algo lo acechaba desde las sombras.
◈ El despertar del Ninja
Hubo una vez un muchacho pobre que vivía en el bosque de un pequeño feudo, en un reino del lejano Oriente. Vivía solo, sobreviviendo a base de lo que lograba recolectar en la espesura. Sus días no habrían sido más que una constante lucha por la supervivencia si no fuera por una joven que, vestida con hermosas sedas, se adentraba en el bosque para poder jugar con él. La inocencia de la muchacha le permitió ver más allá del aspecto sucio y humilde del niño, para ella, él no era más que un amigo con el que trepar a los árboles.
Con el paso del tiempo, el lazo entre el muchacho y la joven se volvió inquebrantable. A medida que crecían, aquellos juegos infantiles dieron paso a sentimientos más profundos. Sin embargo, un romance así jamás podría florecer. Él no era más que un humilde campesino, mientras que ella era la hija primogénita de la casa Narusawa, la dinastía que gobernaba la región. Había sido prometida en matrimonio al heredero de otra hermandad, un pacto sellado para consolidar y perpetuar el dominio sobre aquellas tierras.
Aun así, al muchacho no le importó y juró proteger la vida de la joven a costa de la suya propia. Con ese único propósito, abandonó el bosque y emprendió un viaje. En algún punto de su travesía, conoció a un viejo general retirado y comenzó a entrenar bajo su tutela. Día tras día, el anciano lo instruía en varias artes marciales. A través de sus conversaciones, el joven descubrió que aquel hombre había sido un comandante célebre, famoso por su destreza excepcional con la espada. Era capaz de blandir seis katanas con la misma facilidad con la que la mayoría de los hombres manejan una espada de práctica. Sus aliados lo veneraban, y sus enemigos lo llamaban "Sura", el nombre que su cultura daba a los guerreros perpetuos que solo viven y respiran para la batalla.
El muchacho demostró una afinidad natural increíble para las artes marciales y, bajo la tutela de su maestro, su talento casi innato creció de forma exponencial. El hecho de que el gran Sura estuviera entrenando a un aprendiz atrajo las miradas de todo el reino. Tanto fue así que, antes del fallecimiento del anciano, muchos consideraban que las habilidades del joven habían superado con creces a las de su mentor. Pese a todo, el muchacho se mantuvo humilde y, hasta el último aliento de Sura, continuó absorbiendo cada pizca de conocimiento que pudo.
Poco después de que la joven asumiera el liderazgo de la casa Narusawa, estalló una guerra civil en el reino. Los señores de varias hermandades estaban enfurecidos por lo que consideraban una opresión y explotación despiadada a manos del gobierno central. En mitad de la contienda, la joven se convirtió en un objetivo prioritario, pero el muchacho la defendió una y otra vez. Con sus seis katanas empapadas en la sangre de aquellos lo bastante insensatos como para osar enfrentarse a él, el enemigo proclamó horrorizado que "Sura" había regresado al campo de batalla.
Tras años de derramamiento de sangre, la paz regresó finalmente a la región. Los sacrificios de aquellos que entregaron sus vidas en la contienda fueron recordados con honor, aunque, para la joven y su más fiel aliado, la verdadera guerra no había hecho más que empezar.
Los señores feudales victoriosos reclamaron, cada uno por su cuenta, sus derechos sobre diferentes partes del reino y como es lógico, sus incesantes disputas se prolongaron durante largo tiempo. Aquellos que una vez habían luchado contra la tiranía del gobierno central se habían convertido, ahora, en los nuevos verdugos.
La joven, convertida ya en una mujer con nombre y peso propios, no tardó en atraer la atención de los más ambiciosos. La casa Narusawa estaba completamente debilitada, tras haber dilapidado su riqueza para sobrevivir a la guerra civil, se había transformado en un blanco fácil. El que antaño fue uno de los linajes más poderosos del reino se había convertido, ahora, en un trofeo para los actuales opresores.
A través de sus contactos y convertido ya en todo un hombre, el muchacho se enteró de un complot para destruir por completo a la casa Narusawa. Pretendían incriminar a la joven de alta traición, lo que arrojaría una deshonra insufrible sobre su estirpe y la borraría definitivamente de los libros de historia. El hombre sentía el deber absoluto de proteger los últimos vestigios de la casa Narusawa, pero ¿qué podían hacer un espadachín errante y un puñado de seguidores? Apenas les quedaban recursos, y la prioridad más urgente del guerrero era, ante todo, asegurar el sustento de su propia gente.
Finalmente, el joven logró persuadir a la muchacha de retirarse al hogar de su infancia, en lo más profundo del bosque. Para lograrlo, tendrían que dejar atrás absolutamente todo lo relacionado con sus vidas pasadas, incluido el mismísimo nombre de la hermandad a la que había estado ligado de forma tan íntima al destino de la propia nación.
Para él, aquello significaba sacrificar por completo su reputación. Descolgó las espadas que tan fielmente le habían servido durante la guerra civil. Cada una de ellas guardaba una historia única, cada una era un testimonio mudo de su destreza como espadachín. Sin embargo, aquellas hojas largas resultarían del todo impracticables para el camino que les aguardaba. Tomó la más corta de las espadas y se dio la vuelta para partir. Sabía que, tarde o temprano, llegaría el día en que tendría que volver a reclamar el manto de Sura.
Él y sus hombres comenzaron a trabajar en recopilar información infiltrándose en silencio en puestos estratégicos desde donde poder espiar a los demás. La joven se encargó de clasificar la información y de encontrar formas de venderla para mantener con vida al ahora reducido grupo. Aquellos que habían sido expulsados de sus vidas originales debido a las luchas de poder, ahora se ganaban el sustento manipulando a todos los demás en esas mismas luchas de poder.
El grupo no alcanzó el éxito de la noche a la mañana. Cometieron innumerables errores en el camino ya que el juego de la inteligencia militar era un terreno completamente distinto al del campo de batalla. Tuvieron que adaptar sus movimientos para volverse más sigilosos, aprender a infiltrarse y a liquidar objetivos sin recurrir a la fuerza bruta que solían desplegar en el combate abierto. Sin embargo, por encima de todo, aprendieron a sobrevivir.
A base de pura perseverancia, no solo consiguieron sobrevivir, sino que prosperaron. Sepultaron para siempre el apellido de la casa Narusawa y comenzaron a llamarse a sí mismos "Ninjas".
El clan gozaba de estabilidad una vez más y aunque su nueva línea de trabajo no era precisamente de lo más legítimo, recibían una excelente remuneración por ello. Su reputación les proporcionó contratos muy lucrativos, incluyendo misiones atravesando el océano, rumbo a las tierras de Occidente. Allí, su tarea consistiría en recopilar información sobre las grandes potencias territoriales: Calpheon, Mediah y Valencia.
Los miembros de la hermandad iban y venían según las necesidades de cada misión. Un día, uno de los ninjas regresó de Occidente con lo que parecía ser un resfriado común. Su hermandad lo cuidó, le prescribió reposo absoluto y trató sus dolencias con medicinas adquiridas dentro del reino. Sin embargo, con el paso de los días, sus ojos mutaron a un repugnante tono rojizo y el hombre perdió por completo el sentido de la realidad. Arremetió con violencia ciega contra todos los miembros de la hermandad, hiriendo a unos pocos antes de que el mismísimo líder se viera obligado a arrebatarle la vida.
La infección del clan no había hecho más que empezar. Cada vez eran más los que sucumbían a aquella misteriosa enfermedad que bautizaron como la "red curse". Algunos culpaban a su línea de trabajo, otros creían que habían sido malditos por alguna bruja desconocida. Lo que resultaba evidente era que al mal no le importaba la juventud, la vejez ni el poder, ponía de rodillas a todos por igual. El líder ejecutaba a cualquiera que mostrara síntomas sin el menor titubeo... hasta que su amiga de la infancia cayó enferma.
Fue incapaz de ejecutarla, en su lugar, emprendió una búsqueda desesperada de alguien que pudiera curarla. Cuando los médicos llegaron, lo único que pudieron hacer fue sumirla en un coma inducido para retrasar la transformación todo lo posible. Por primera vez en lo que parecía una eternidad, ella lucía en paz, y el líder pudo robar unos instantes a solas a su lado. Aunque la joven no respondía, él aún era capaz de sentir su presencia mientras le susurraba sus promesas.
Dicho esto, abandonó la habitación y regresó a la armería, donde tiempo atrás había sepultado el espíritu de Sura. Ahora no era más que una sombra, pero la reputación de Sura era legendaria. Si pretendía que las gentes de Occidente lo ayudaran en su causa, tendría que transformarse, una vez más, en el ninja legendario: Sura