Historia de la Maehwa

El despertar de la Maehwa
La guerra en el Lejano Oriente había dejado a muchos niños huérfanos. Los más afortunados lograron llegar a pequeños pueblos y aldeas donde serían adoptados por familias amorosas. Los desafortunados terminaron desamparados en las calles de la ciudad capital. Las autoridades los trataban como a alimañas, obligándolos a fundirse con las sombras al menor eco de las botas de la guardia.
Una joven se ganó cierta reputación gracias a su increíble habilidad para el latrocinio. A menudo elegía como objetivo a los extranjeros de la ciudad, fácilmente identificables por sus exóticos rasgos y miradas. Sabía bien que no se quedarían el tiempo suficiente para presentar una denuncia, y mucho menos, el tiempo necesario como para que los guardias patrullaran los suburbios en busca de los bienes robados. Llevaba una vida próspera dentro de la miseria de las calles, y a menudo compartía su botín con los menos afortunados. La lucha por la supervivencia era áspera y despiadada.
Una fatídica tarde de primavera cambió su vida para siempre. Había estado acechando a su presa durante bastante tiempo, pero en el instante en que se dispuso a arrebatarle la bolsa de monedas, se encontró rodeada por tres guardias. Sin pensarlo dos veces, agarró una escoba que descansaba contra la pared y la empuñó como un arma. Los guardias se burlaron al ver a una niña alzando semejante chisme contra ellos. Sin embargo, las risas duraron poco, blandiendo el palo de la escoba casi con la destreza de una experta, comenzó a asestar golpes y estocadas hasta que los dejó de rodillas en el suelo, retorciéndose de dolor. Pero justo cuando se disponía a escapar, sintió que una mano la apresaba. No había visto aproximarse a aquel caballero, quien la levantó sujetándola por las muñecas mientras le dedicaba una sonrisa.
El hombre vestía un uniforme militar de gala, con todas las insignias de un oficial de alto rango. Le hizo una oferta directa, entrenar bajo su tutela y convertirse en su hija adoptiva, o pasar una larga temporada en una de las prisiones de la ciudad. Sin dudarlo un solo instante, ella aceptó la promesa de una nueva vida.
El entrenamiento comenzó casi de inmediato. La disciplina que el oficial infundió en la joven echó raíces, y con el tiempo ella creció hasta convertirse en una dama de la alta nobleza. Sin embargo, a diferencia de sus compañeras de estamento, poseía unas habilidades de combate que superaban incluso a los soldados más competentes de su padre adoptivo. Su plan era seguir los pasos del oficial, presentarse a los exámenes estatales para unirse a las filas y ascender junto al hombre que tanto admiraba. Pero el Estado tenía otros planes. A pesar de haber sido adoptada por un oficial, seguía siendo una huérfana de guerra. La ley solo permitía examinarse a quienes eran nobles de nacimiento, por lo que fue rechazada. Para honrar el nombre de la familia que la había acogido, decidió unirse a la Orden de Hwasun.
Era una institución para jóvenes expertos en artes marciales. Bihwasun había fundado el Valle de Hwasun y era célebre por sus extraordinarias habilidades, aunque a menudo circulaba el rumor de que era una mujer debido a su belleza natural. Por supuesto, esta conjetura se disipaba rápidamente, ya que Bihwasun ostentaba el título de ¨Señor del Valle¨, una distinción que solo podía poseer un hombre.
La Orden de Hwasun era una de las pocas organizaciones que no discriminaba a las personas por su herencia o linaje, permitiendo incluso a los miembros de la condición más humilde ascender en los rangos y acceder a un cargo estatal si demostraban la destreza suficiente. La joven se puso a trabajar de inmediato; desplegó todo el potencial de sus habilidades e incluso eclipsó a varios de los guerreros más consagrados de la institución. No fue una sorpresa para nadie que completara su aprendizaje en apenas un año. Al año siguiente, se le concedió el título de "Maehwa", una distinción otorgada a la líder de las integrantes femeninas de la orden, lo cual la capacitaba legalmente para ingresar al servicio militar del Estado.
Un día, mientras entrenaba a solas en el valle preparándose para abandonar la orden, una anciana se le acercó con una historia fantástica. La mujer le habló de una hermosa y gélida llama azul que solo los más grandes guerreros del pasado lograban dominar. Aquel poder, al que llamó "Hawol", no había sido esgrimido desde la mismísima fundación de la orden. Antes de dejar a la Maehwa a solas con su relato, la anciana le reveló que los secretos del Hawol estaban reservados exclusivamente para los generales de la institución, y que muy pocos habían llegado a ver esos misterios, y mucho menos a comprenderlos lo suficiente como para canalizar su llama. Esto infundió un nuevo vigor en los pasos de la joven Maehwa, ahora tenía una nueva meta en la vida.
Tras tres años en el Valle de Hwasun, la joven tuvo finalmente la oportunidad de demostrar su valía. La locura de la guerra se había apoderado de todo el continente una vez más. Para los integrantes de la orden, el conflicto era una oportunidad de oro para labrarse un nombre, y muchos intentaron aprovecharla. La reputación de la Maehwa creció como la pólvora durante esta campaña, y no pasó mucho tiempo antes de que fuera considerada una guerrera ejemplar dentro de la institución. Sin embargo, para tener una oportunidad real de convertirse en general, tendría que superar todas las adversidades. La mayoría de los generales a lo largo de la historia de la orden procedían del elitista grupo Chungwol, una facción estrictamente masculina que funcionaba como el centro de mando de toda la organización.
A medida que la guerra avanzaba, también lo hacía el número de bajas. Aunque innumerables enemigos yacían inertes a sus pies, muchos de sus amigos también perecieron en el fango. Poco a poco, comenzó a desvanecerse el optimismo y la esperanza que la habían impulsado durante todos estos años. Con cada enfrentamiento, el horror del conflicto extinguía los últimos vestigios de la niña que alguna vez habitó en el interior de la Maehwa. Llegó a volverse irreconocible incluso para sus aliados más cercanos. Como líder, dejó de medir los combates por el recuento de cadáveres y se concentró únicamente en el resultado. Una victoria donde perdía a cuarenta soldados significaba exactamente lo mismo que ganar una batalla tras sacrificar a cuatro mil. El vacío y la indiferencia ante la vida humana terminaron por consumirla completamente.
Un mes después de la guerra, el momento de reclamar su lugar se hizo presente, llegó el momento de convertirse en la general del Valle de Hwasun, la primera Maehwa en la historia elegida para ocupar dicho cargo. La ceremonia fue grandiosa. Sonaba la música, la multitud vitoreaba y las banderas ondeaban al viento. Su padre asistió como invitado de honor militar y, aunque mantenía un rostro estoico, el orgullo brillaba con fuerza en sus ojos.
Ella contempló la espada de general que sostenía en su mano, una pieza hermosa y ornamentada que representaba todo lo que había anhelado años atrás. La alzó por encima de su cabeza ante el clamor de los soldados apostados abajo. El estruendo era casi ensordecedor, todos estaban allí para celebrar su ascenso. Sin embargo, a pesar de la magnificencia, a pesar de los reclutas que la miraban con ojos llenos de ilusión y de la mirada orgullosa de su padre, ella seguía sumida en la indiferencia. En ese preciso instante, el mayor logro de su vida carecía por completo de valor.
Tan pronto como terminó la ceremonia, se despidió y se dirigió hacia la cueva en la que solo se permitía entrar al general. Muchos años atrás, la anciana le había asegurado que ese sería el lugar donde se revelarían los secretos del Hawol. Exploró las profundidades de la caverna hasta que topó con una vieja lanza y un libro que descansaban sobre una roca. De inmediato, se dio cuenta de que la anciana había dicho la verdad, al estudiar aquel libro, lograría despertar el "Hawol".
Pasó un año entero de entrenamiento y todavía no lograba invocar la llama azul en su lanza. El progreso no era tan sencillo como lo había sido con la espada, aun así, se negaba a rendirse ante esta última meta. Ese año terminó por convertirse en uno de los peores de su vida. Perdió a sus padres y comenzó a perderse a sí misma. Los fantasmas de la guerra empezaron a colarse en sus sueños y las visiones de los muertos la devoraban por dentro, hasta que terminó sentada en la cabecera del estrado, con la mirada completamente perdida.
Habían pasado cinco años desde que supo por primera vez de la existencia del Hawol. Decidió que había llegado el momento de visitar la cueva una vez más. Al alcanzar la entrada de la caverna, la anciana que le había hablado del Hawol la estaba esperando.
En cuanto sus miradas se cruzaron, la anciana arremetió contra ella lanza en ristre. Sorprendida, la general logró pararse a tiempo mientras una llama azul envolvía el arma de la anciana. El Hawol era real, la mítica llama azul cobraba vida ante sus ojos, empuñada por una anciana. Golpe tras golpe, la anciana reprendía a la general con comentarios humillantes. La general estaba asombrada por la gracia y el poder del Hawol en manos de aquella mujer; aun así, no dejó de contraatacar.
Sin embargo, sin importar la fuerza de la general, esta no era nada en comparación con la de la anciana, quien se alzó victoriosa a medida que las llamas azules se extinguían. La mujer se presentó entonces como Bihwasun, la fundadora del Valle de Hwasun. La general contempló profundamente los ojos de Bihwasun y, conmocionada, descubrió que decía la verdad. Aquellos viejos rumores de hacía tanto tiempo eran ciertos.
La anciana le pidió a la general que se sentara un momento y escuchara su consejo:
Poco después, volvieron a cruzar sus armas y, con cada golpe, Bihwasun le inculcaba una nueva lección, una nueva enseñanza para perfeccionar su técnica. Intercambiaron golpes durante toda la noche. La anciana era la clara vencedora, aun así, la general no sentía frustración alguna. Comenzó a absorber las enseñanzas y, por primera vez en su vida, empezó a aceptar las pérdidas sufridas en la batalla.
El sol despuntó justo cuando terminaban su entrenamiento. Se contaron historias mutuas mientras conversaban sobre un sinfín de cosas. La general volvió a sentirse viva. Fue ese mismo día cuando renunció a su cargo y emprendió un viaje de autodescubrimiento. La única posesión que se llevó consigo fueron las lecciones que Bihwasun le había enseñado: