Historia de la Shai

Una niña en el bosque
Una brisa cálida y gentil soplaba suavemente a través del bosque, agitando el cabello de la niña dormida. El alcalde de Florin la contemplaba, esbozando una tierna sonrisa. La pequeña yacía en el tranquilo suelo del bosque, no más grande que un ardillita recién nacida. Valentine miró a su alrededor, buscando tal vez alguna pista sobre el origen de la criatura, pero entre el canto de las aves en los árboles y los ciervos que retozaban por el bosque, no había rastro de nadie. Así que, con sumo cuidado, tomó en brazos a la bebé Shai y la estrechó contra su pecho mientras emprendía el regreso a la aldea. La niña estiró su manita y tocó la barba de Valentine. Al abrir sus ojos, brillantes como el rocío, Valentine supo en ese mismo instante que criaría a la pequeña como si fuera suya.
"La primera vez que la vi, pensé que era un regalo del amanecer…"
Valentine volcó todo su afecto en la niña y le infundió una de las virtudes primordiales de los Shai: la curiosidad. Sin embargo, ella era diferente a los demás. Mientras que la mayoría de los Shai muestran un gran interés por las pociones, mezclando hierbas nuevas para dárselas a viajeros desprevenidos, la curiosidad de esta niña se centraba más en el mundo que la rodeaba. Su inocente curiosidad se convirtió en la causa de muchos dolores de cabeza para el alcalde de Florin, ya que Valentine vio cómo la pequeña que había criado se transformaba en un espíritu libre y despreocupado, propenso a meterse en líos.
La niña escaló la Cresta de Karanda y se llevó tantos huevos de arpía como pudo cargar. Mientras huía de la cresta siendo perseguida, aullaba de la risa, las garras afiladas de las arpías ni siquiera lograban perturbar a la pequeña. Cantó y bailó sobre los huertos de hierbas, destruyendo las valiosas plantas bajo sus pies. Incluso robó el burro más preciado de Valentine y lo cabalgó por toda la aldea hasta que las patitas del animal flaquearon y ambos terminaron en el suelo. A pesar de los problemas que siempre dejaba a su paso, los aldeanos adoraban a la pequeña Shai.
"El fluir del tiempo"
Los Shai no envejecen como los humanos. Su ritmo de envejecimiento es considerablemente más lento que el de los demás habitantes del mundo, de hecho, incluso Valentine, el más anciano de todos los Shai. ¡Todavía parece estar en la veintena a pesar de tener 110 años según el calendario elioniano!
Y así, mientras los años pasaban como una hoja que flota río abajo, la joven Shai cumplió los 15 años. Esta es una edad especial para su raza, ya que marca la primera prueba para convertirse en adulto. La prueba de alquimia es un rito por el que todos los Shai deben pasar, y la joven muchacha no iba a ser una excepción. Decidió intentar elaborar unas galletas que hacían brotar hojas blancas de la cabeza mediante la mezcla de hierbas raras. Así que se adentró en el bosque en busca de los preciados ingredientes.
"La curiosidad mató al gato"
Mientras deambulaba entre los árboles y la densa maleza, se topó con una cueva. Aunque Valentine había dado órdenes estrictas de no entrar jamás, la traviesa Shai no se lo pensó dos veces. Avanzó a paso alegre, un pie tras otro, y se adentró bailando en la oscura caverna. Una tenue luz, muy alejada de la entrada, le marcó el camino a seguir mientras sorteaba las estalagmitas y se agachaba bajo las estalactitas. Fue entonces cuando tropezó con el laboratorio oculto de Caphras.
"¿Qué son todas estas cosas?"
Sus ojos se abrieron de par en par al contemplar todas aquellas cosas que jamás había visto. Sus manos acariciaron las herramientas, pasando por enormes frascos y diminutos viales. Un montón de libros sobre una mesa captó su atención. El libro de arriba del todo parecía destellar, iluminando la habitación. La joven Shai se subió a una silla y luego a la mesa. Justo cuando iba a alcanzar el libro, la mesa cedió bajo sus pies, todo salió volando por los aires y, al caer, vio cómo un frasco se precipitaba contra el suelo.
El frasco se hizo añicos sobre el suelo de piedra y una neblina negra voló hacia la niña. Mientras se encogía intentando protegerse, se vio rodeada por las llamas. Florin, su hogar, estaba siendo devorada por el fuego. Hombres, mujeres y niños yacían ensangrentados y caídos a su alrededor. El olor a humo y a hierbas quemadas inundaba el aire, casi asfixiando a la pequeña Shai. Se quedó allí de pie, en medio de toda aquella destrucción, y lanzó un grito espeluznante. Como un gatito perdido, permaneció inmóvil, mientras el terror de lo que presenciaba invadía cada centímetro de su cuerpo.
"Shai... la primera luz..."
Se giró hacia aquella cálida voz que acababa de escuchar. El estruendo de la aldea en llamas pareció disiparse casi por completo cuando divisó un pequeño orbe resplandeciendo en el suelo. Luchando contra el terror que atenazaba su cuerpo, extendió una mano. En el instante en que posó sus manos sobre el orbe brillante, los sonidos de la aldea ardiendo pasaron raudos junto a sus oídos y la neblina se desvaneció sin dejar rastro.
Se había librado de la oscura niebla, pero el pánico seguía presente. Al darse la vuelta para huir, dejó caer el orbe tras de sí. Con la prisa, ni siquiera escuchó el tintineo del objeto al golpear contra el suelo. Siguió corriendo tan rápido como le permitían sus piernas, mientras la luz del orbe era engullida por la penumbra de la cueva.
La joven que antes desbordaba tanta vida e inocencia se volvió sombría. El valle, que antaño se llenaba con sus risas, ahora resonaba con un silencio ensordecedor. Los aldeanos, preocupados por ella, intentaban conseguir que al menos pronunciara una palabra. Sin embargo, la muchacha permanecía en silencio, como si una extraña enfermedad la hubiera dejado muda. No lograba quitarse de la cabeza las imágenes que había visto. Las pesadillas no la dejaban dormir por las noches y recolectar hierbas ya no le reportaba ninguna alegría. Todo lo que antes disfrutaba fue perdiendo su atractivo paulatinamente, hasta que terminó recluyéndose en una pequeña cabaña. El tiempo pasó como las páginas de un libro y, tras quince años, llegó el momento de celebrar la segunda ceremonia de la mayoría de edad de la Shai. Durante ese tiempo logró despojarse de gran parte de los horrores que presenció, aun así, era incapaz de borrar de su mente las imágenes del orbe. Su luz radiante, el pequeño mundo que albergaba en su interior... Cuanto menos la atormentaban las pesadillas, más brillaban las visiones del objeto. «La luz del mundo», pensaba para sí misma.
Para su segunda ceremonia de la mayoría de edad, un Shai debe recolectar el tesoro más preciado de todos. Para muchos, esto implica recolectar hierbas increíblemente raras o conseguir un Huevo de Flondor, los cuales solo aparecen de vez en cuando. Pero para la joven Shai, que ya sumaba 30 años según el calendario elioniano, solo existía un único tesoro valioso.
"Puedo enfrentarme una vez más"
Abrió la puerta de su cabaña, agarró el florang que estaba junto al marco y se aventuró de nuevo hacia la cueva. Esta vez caminó a través de la gruta asegurándose de que el florang, un arma bastante grande similar a un bumerán, no golpeara contra el techo. Con cada paso, su corazón se aceleraba, sabiendo que lo que había visto en el pasado pronto podría atormentarla otra vez. Cada paso podía ponerla cara a cara con sus temores más profundos. A medida que la tenue luz del laboratorio se aproximaba más y más, pudo sentir la cálida presencia del orbe. Sin embargo, en cuanto un pie tocó el frío suelo del laboratorio, se vio rodeada por la oscuridad. Su respiración se detuvo una vez más, el miedo la había consumido por completo.
"Tienes que marcharte, iré justo detrás de ti"
Mientras permanecía en la penumbra, comenzó a escuchar los fragmentos de una conversación entre dos Shais que se encontraban frente a ella. Al extender los brazos hacia ellas para detenerlas y también para descubrir más sobre aquel lugar, la oscuridad se interpuso en su camino. Cara a cara con una entidad tenebrosa, la Shai se sintió atrapada. Sin embargo, por el reojo, pudo divisar el orbe. Esta vez resplandecía con mucha más fuerza de la que recordaba. Despojándose del miedo, se abalanzó hacia la luz. La oscuridad la persiguió implacable mientras ella estiraba la mano. Cada instante pareció una eternidad, hasta que, finalmente, sus dedos lograron asir el orbe.
"Siento como si me hubieran abierto la cabeza a golpes... ¿Dónde estoy? Tengo hambre... taaaanta hambre..."
¿Cuánto tiempo ha pasado? Se lo preguntaba mientras contemplaba el cielo, observando una esponjosa nube blanca flotar a la deriva. Las hojas susurraban suavemente con la cálida brisa primaveral y los pájaros se cantaban unos a otros con melancolía. Todo le resultaba desconocido. Cada cosa que veía era nueva, cada sonido era una sorpresa; incluso la sensación de la tierra blanda bajo sus pies le era ajena.
Se había topado con aquella oscuridad en dos ocasiones, y esta había devorado todos sus recuerdos.
De repente, una hermosa canción resonó a su alrededor. Se puso en pie para intentar descubrir el origen de tan dulce melodía. El orbe colgaba balanceándose con suavidad desde su cintura y, cuando la joven Shai lo miró, este brilló y entonó una alegre melodía. La pequeña Shai se tranquilizó, como si la cálida brisa de la primavera la hubiera envuelto en un abrazo. Así, dio sus primeros pasos a saltitos llenos de alegría hacia su nuevo destino.
◈ La Shai con talento
La luz de Florin brillaba con fuerza, avivada por la curiosidad. La joven Shai, desprovista de sus recuerdos, viajó por todo el mundo para forjar otros nuevos. Recorrió desde las apacibles costas de Velia hasta la inmensa extensión de Valencia. Sin embargo, en el instante en que escuchó pronunciar el nombre de Florin, sintió una necesidad insaciable de regresar allí. Recogió sus pertenencias, las cargó a lomos de su fiel compañero asno y emprendió el camino hacia la pacífica aldea de Florin.
Al aproximarse al pueblo, se desvió colina arriba por la ladera de la montaña y topó por casualidad con una cueva que le resultaba familiar. No comprendía qué la empujaba hacia aquel lugar, pero su curiosidad innata la arrastró al interior. Cada paso que daba sobre el gélido suelo le provocaba un escalofrío por la espalda. Entonces, se encontró de nuevo ante el laboratorio. Los recuerdos inundaron su mente a la vez que una densa oscuridad la envolvía. Esta vez, la penumbra parecía estar más hambrienta que antes; su malicia resultaba insaciable y el descenso a las sombras estuvo cargado de un pavor mayor del que la Shai jamás hubiera experimentado.
No obstante, justo en el momento en que la oscuridad se disponía a consumirla por completo, una luz radiante brotó una vez más del interior de la Shai. El destello pareció aturdir a las sombras y la Shai, consciente de que su oportunidad de escapar era efímera, huyó de la cueva y corrió directa hacia la cercana aldea de Florin.
Se sentía confundida, ya que todos a su alrededor parecían saber quién era. Le dieron la bienvenida de vuelta de sus viajes, pero ella era incapaz de recordar haber estado allí antes. No fue hasta que se topó con Valentine cuando algunos de sus recuerdos comenzaron a regresar.
"Así que has regresado, dulce niña de la luz. Y parece ser que has tenido otro encontronazo con la oscuridad..."
La joven Shai, que por poco había sido despedazada por la oscuridad, se sintió reconfortada. Valentine, el jefe de Florin, parecía comprender su situación. La invitó a sentarse y le explicó que la luz y la oscuridad son inseparables; que las luces más brillantes proyectan las sombras más tenebrosas. Le habló largo y tendido sobre sus propias experiencias con la oscuridad y cómo su luz interior lo había ayudado a escapar. Conversaron durante mucho tiempo y, cuando el sol comenzó a ponerse sobre el valle, le confesó que logró vencer a aquella penumbra tras estudiar música con Artina. Al instante, la joven Shai supo que debía encontrar a la maestra para librarse de las pesadillas de una vez por todas.
A la mañana siguiente, partió en busca de Artina. Escaló montañas y exploró bosques a paso apresurado, hasta que unas hermosas melodías comenzaron a inundar el aire. La joven Shai escuchó con total atención, los relajantes altibajos de la tonada cautivaron sus sentidos y, al poco tiempo, se encontró cara a cara con la que se convertiría en su cascarrabias profesora.
"¿Quién está intentando distraerme de mi trabajo otra vez?"
A pesar de que eran polos casi opuestos, Artina quedó cautivada por la inocencia y el entusiasmo que desbordaba la joven Shai, mientras que esta se vio atrapada por las hermosas melodías que Artina parecía arrancar de la nada. Al principio, las lecciones avanzaban a trompicones. La joven Shai era incapaz de llevar el compás y mucho menos de mantener el tono, todo apuntaba a que se convertiría en el mayor desafío de la carrera de Artina.
Sin embargo, de manera lenta pero constante, la oscuridad en el corazón de la joven Shai comenzó a desvanecerse a medida que la música inundaba todo su ser. Aprendió sobre el ritmo y descubrió cómo extraer las melodías de la naturaleza que la rodeaba para amplificar su belleza innata. Día tras día, Artina le enseñó las propiedades curativas de la música. Si bien sus notas no podían sanar cortes ni raspones, sí tenían el poder de reconfortar una mente atribulada y aportar claridad en mitad del caos.
Cuando Artina terminó de instruir a su joven protegida, la pequeña Shai ya había aprendido a tocar una infinidad de instrumentos. Desarrolló una afinidad especial por el laúd, la flauta y el djembe. La Shai se sentía dichosa con sus nuevas habilidades, pero a diferencia de su maestra, ella deseaba tocar música para las masas y ayudar a aliviar las penas de la gente.
Dejar atrás a su mentora fue difícil, pero la joven Shai había descubierto un nuevo propósito. Partió del lugar y comenzó a buscar la oscuridad que acechaba en el mundo para, junto a sus compañeros amantes de la música, infundir esperanza y arrojar luz sobre las bondades de la tierra.