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Guía del aventurero

Historia de la Drakania

Última modificación : 05 jun. 2026, 08:44 (UTC)

La destrucción alza el vuelo


El Ynix. Una llama capaz de consumir incluso a los dioses… ¿Cuánto de su desbordante poder puede soportar un simple mortal?

Oh, hija mía. La codicia es la cuna de la ira… Y esa llama que la alimenta debe ser extinguida. Solo entonces regresará el paraíso de los dragones, perdido hace tanto tiempo... un lugar tan inalcanzable que bien podría no haber existido jamás.

 

Siguiendo aquella voz profunda y sombría, caminé y caminé por el sendero de un acantilado sin fin, recogiendo los huesos de mis congéneres caídos, que se acumulaban unos sobre otros. En este camino desprovisto de color y vida, a menudo deseé arrojarme al vacío, alzando el vuelo triunfal hacia el cielo como un recordatorio de que aún seguía viva, sin embargo…

 

"Desplegar tus alas significa la muerte. Pues ese brutal tirano aún reina en los cielos"

 

Cada vez que me asaltaban tales pensamientos, resonaban con una voz que no era la mía, un edicto impuesto y fuera de control.

 

¨Unas alas encadenadas no son más que una lacra sobre la espalda.¨


Durante demasiado tiempo, los dragones permanecieron sometidos bajo las garras del tirano, hasta que una voz, impregnada de malevolencia, clamó desde el final de aquel amargo sendero:

Construid vuestro paraíso sobre mi cuerpo. Con mi muerte, marcaré el inicio de la ruina de la Montaña Dorada

 

Un grito desgarró el aire, y un destello cegador de luz perforó un pequeño recoveco, semejante a la pupila de un ojo, en la barrera que marcaba el final de aquel amargo sendero.

 

La apertura se hizo más grande, brillando con más fuerza a medida que la barrera se desmoronaba. Alguien aguardaba allí, con los brazos abiertos.
¿Acaso era ella quien nos había guiado hasta aquí? El corazón me dio un vuelco de pura emoción...

Ven, frágil vástago de los dragones

 

El aire estaba saturado con el hedor de la sangre que brotaba de sus fauces, rasgadas hasta la oreja. Era la sangre de mis congéneres muertos, entrelazada con su resentimiento, su odio y sus lágrimas, los mismos congéneres a los que yo había consolado incansablemente. Grabados en aquel torrente de sangre se hallaban los últimos recuerdos de mi estirpe. Vivencias que jamás había visto, oído ni experimentado pero en las que, de algún modo, yo había estado presente.

Soy Erethea, la séptima bruja de Nieveterna.
Dime, ¿cuántos corazones de dragón han sido atravesados por el poder del olvido, ese que es capaz de disipar incluso el temor a aquel a quien llamas tirano?

 

Con el cuerpo hecho jirones y entre accesos de tos con sangre, su voz ronca resonó alegre, deleitándose en un regocijo desconocido.

Ven, arráncame el corazón y devóralo. Ha sido endulzado con el odio de incontables dragones caídos

 

La risa de la bruja reavivó el hambre en nuestro interior. Nadie se preguntó por qué elegía semejante muerte, todos ansiaban saciar su sed de venganza. El festín fue un frenesí borroso de colmillos y tendones, pero cuando recuperé el sentido, nos vi reflejados en sus ojos vacíos. En mi boca, sostenía su corazón, que aún latía...

Ya está hecho, criatura. Mi venganza... vivirá eternamente

 

Ni un solo grito había escapado de sus labios; la bruja yacía sin vida, pareciendo burlarse de nosotros con su mueca. ¿Acaso fue su actitud desafiante lo que no hizo más que avivar nuestra furia? Mi corazón empezó a acelerarse de forma descontrolada.

Alza el vuelo gracias al poder de mi corazón. A través de tus ojos, seré testigo de la ruina de la Montaña Dorada

 

Ahora, mis alas están por fin libres de ataduras, se despliegan lentamente mientras clavo la mirada en el abismo, lista para actuar.
Los vientos se arremolinan contra mi piel, atrayéndome bajo la luz cegadora.
La frustración, la desesperación y el sutil encanto del paraíso me cosquillean la nariz.

 

"Proclama con rebeldía ante la encarnación de Labreska que ha amanecido una nueva era.
Con el poder del olvido, marca el inicio de la ruina de la Montaña Dorada
"

 

Con los susurros de aquel ser de alas negras como las nuestras, al que le faltaba un ojo, resonando todavía en mi cabeza, me planté al borde del precipicio con las alas extendidas de par en par.

 

El instante del vuelo que tantas veces había cruzado mi mente como un destello.
Una sed ardiente, encendida por los vientos de libertad en el deslumbrante cielo.

 

"Ven. Alza el vuelo de la destrucción. El paraíso perdido de los dragones te aguarda"