Historia del Luchador

Alma de campeón
El niño que creció mendigando en las calles del continente oriental no siempre había sido tan pobre. Sus primeros recuerdos eran de lujo, de las risas de mujeres de la nobleza, de banquetes y extravagancia. Calpheon había sido su hogar original, pero todo eso cambió un fatídico día, luego de que el barco en el que viajaba con su familia naufragara tras una tormenta y él fuera arrastrado por la corriente hasta una playa en el Lejano Oriente.
Pronto se convirtió en un marginado. El extranjero de cabello rubio y ojos azules destacaba demasiado entre el cabello oscuro y los ojos marrones de los lugareños. Esto atrajo la atención no deseada de los matones, quienes aterrorizaban al joven extranjero día sí y día también. A base de estas trifulcas, el chico aprendió a pelear. Por cada puñetazo que recibía, él devolvía dos. Por cada patada que recibía, aprendía a devolver una aún más fuerte. Sus peleas nunca eran limpias, pero con el tiempo los matones aprendieron que atacar al extranjero era una forma segura de terminar en la enfermería. Un día, un maestro de artes marciales se topó con el muchacho mientras este buscaba comida y lo acogió bajo su tutela.
Bajo la tutela de este maestro, el muchacho aprendió a leer y, lo que era aún más importante, a pelear. Viajando a lo largo y ancho del continente oriental, el niño se convirtió en hombre. Durante sus viajes, el maestro adiestró al joven en los estilos de combate de las bestias. Le enseñó a imitar la fuerza del tigre, el sigilo de la pantera, la precisión de la serpiente, la agilidad del mono y el equilibrio de la grulla. El joven devoraba el conocimiento que le era impartido y demostró unas habilidades muy por encima de su condición.
Finalmente, participó en el Gran Torneo de Guerra. Este torneo se celebraba una vez cada diez años y era ampliamente conocido como el torneo de artes marciales más grande de todo Oriente. Su estilo de combate, rudo pero controlado, abrumó a sus oponentes, lo que le permitió alzarse con el título fácilmente.
Tras ganar el torneo y demostrar su valía, se unió a las Fronteras Occidentales, un grupo compuesto por los mejores expertos en artes marciales, el cual aceptaba a sus miembros basándose puramente en sus habilidades y no en su apariencia. Sin embargo, aquel joven que había crecido sin límites encontró la organización demasiado restrictiva, por lo que finalmente puso rumbo de vuelta a Calpheon para redescubrir sus raíces.
◈ El despertar del Luchador
El arte marcial del puño con la historia más longeva de Oriente es aquel que involucra los movimientos del tigre, la pantera, la serpiente, el mono y la grulla. El maestro me había dicho que todo comenzó cuando la débil humanidad, estremeciéndose ante la grandeza de la naturaleza y con la esperanza de obtener alguna fuerza con la que resistir, comenzó a imitar los movimientos de las bestias.
Si alguna vez pudiera regresar a la época anterior al descubrimiento del metal y el fuego, donde solo existía la firme voluntad de sobrevivir contra un mundo brutal, ¿sería capaz de superar mis limitaciones? Esta pregunta me atormentó a lo largo de todo el solitario viaje en mar abierto de vuelta al continente occidental.
Cuando finalmente desembarqué en Calpheon, la preocupación por encontrar mis verdaderas raíces pronto se desvaneció a medida que pasaban los días, inmerso entre una multitud de ojos azules y cabellos dorados. Sin embargo, fue en ese momento cuando otro deseo comenzó a arder con fuerza en mi interior... necesitaba alcanzar la etapa definitiva de las artes marciales. Necesitaba convertirme en el maestro supremo del combate. Me establecí en un pequeño valle al sur de Calpheon y comencé de inmediato mi meditación y entrenamiento.
Habían pasado tres años. Pasaba los días estudiando a las bestias de Calpheon e intentando imitar cada uno de sus movimientos y comportamientos. Fue entonces cuando me sentí iluminado por una fuerza desconocida. Deseaba abrazar esa energía recién descubierta, la cual se asemejaba a la de la naturaleza elemental.
Habían pasado seis años. Mi respiración había cambiado por completo y permitía que la energía fluyera de forma natural por todo mi cuerpo. El concepto sonaba simple, pero ponerlo en práctica era una historia totalmente diferente.
Tras nueve años, los resultados del entrenamiento eran verdaderamente extraordinarios. Mi cabello, salpicado de canas, había recuperado su tono dorado, y me habían brotado dientes nuevos. La energía de la naturaleza no conocía límites. Mis movimientos, que fluían con una naturalidad asombrosa, eran un arte marcial puro y descomunal. Había alcanzado un reino completamente nuevo.
Abrumado y embriagado por semejante poderío, comencé a perder el control sobre la energía y empecé a sufrir. Me sentía fragmentado... atrapado entre la energía antigua y la nueva. Hasta que la energía recién adquirida cobró forma fuera de mi cuerpo como un alter ego espiritual
Aunque intenté contener la energía, fracasé una y otra vez. Me sentía impotente y derrotado ante mi propio poder. Fue entonces cuando recordé la promesa que le hice a mi maestro, habíamos prometido reunirnos en Goma Naru por estas fechas. También recordé las palabras de la profecía de Nana Gora, que decían que, al final, el mundo se enfrentaría a una enorme energía oscura. Estaba seguro de que aquello había augurado en lo que me he convertido ahora.
Estaba seguro de que allí recibiría las respuestas que necesitaba. Convencido de ello, partí al encuentro de mi maestro antes del amanecer.
Aunque nunca me imaginé... que jamás volvería a ver a mi maestro.