Historia del Musa

El despertar del Musa
Al amanecer, en una humilde aldea del Lejano Oriente, un niño nació bajo el estruendo del rugido de un tigre. Los aldeanos lo interpretaron como un buen augurio y esperaban que aquel niño se convirtiera algún día en el orgullo de su pueblo.
Su padre, de quien se sabía que había fallecido, había cargado en su día con ese mismo peso. El muchacho asumió las altas expectativas de los aldeanos con naturalidad, demostrando un talento innato para las artes marciales. Permaneció invicto durante toda su juventud, lo que le volvió sumamente arrogante, pero también lo sumió en una profunda soledad.
Soñaba con unirse a las Fronteras Occidentales, un grupo de élite compuesto de artistas marciales que habían llegado a ser ganadores del "Gran Torneo de Guerra", torneo el cual se celebraba cada diez años. Ni los aldeanos ni el propio joven dudaban ni por un instante de que saldría triunfante.
El tiempo pasó y finalmente llegó el día del siguiente torneo. Como era de esperar, el joven llegó a la ronda final sin dificultad. Sin embargo, quien realmente había captado la atención de todos no era él, sino un viejo maestro de artes marciales que había derrotado con indiferencia a todos los demás maestros del continente con su afilado Woldo.
Ronda final. El continente entero observaba cómo el joven y el viejo maestro cruzaban sus armas. En medio de una batalla sangrienta donde no había margen para un solo error, el joven comenzó a sentir algo extrañamente familiar en aquel anciano maestro.
El joven concentró hasta el último aliento de fuerza en su golpe final. Entonces ocurrió algo totalmente inesperado, el viejo maestro comenzó a vomitar sangre y perdió el equilibrio. El joven vio una oportunidad y la aprovechó. Una vez que el polvo se asentó, el joven emergió victorioso, reclamando el título del Gran Torneo de Guerra y al mismo tiempo siendo reclutado de inmediato en las filas de las Fronteras Occidentales. A pesar de haber alcanzado el sueño de su infancia, no sintió alegría alguna. Al contrario, estaba totalmente consumido por la rabia y agonía. Lo que debería haber sido su momento de gloria se desvaneció mientras el público solo vitoreaba al anciano maestro que había sido derrotado.
La humillación no terminó ahí. Se dio cuenta de que las tropas que formaban las Fronteras Occidentales, su auténtico sueño, estaban llenas de lo que solo podían describirse como verdaderos monstruos, y como la posición en el grupo se dictaba por puro mérito y logros, y no por simple antigüedad, el joven fue asignado en el escalafón más bajo de la jerarquía. Durante demasiado tiempo, el joven había creído que nadie estaba por encima de él, y esto le resultaba verdaderamente insoportable. Culpando de todo al viejo maestro, el joven partió en su búsqueda.
El anciano vivía en lo profundo de una cueva en las montañas. Al encontrarlo, el joven le desafió de inmediato. Tras otro duelo sangriento, esta vez fue el joven quien cayó derrotado. Pero se negó a reconocerlo, y desafió repetidamente al maestro de manera constante cada vez que se sentía capaz. Cuando el anciano lo derribaba, lo consolaba vertiendo unas gotas de agua en su boca y diciéndole:
Finalmente, tras innumerables combates, el joven logró vencer al viejo maestro. Sin embargo, no lo celebró. Con el tiempo, había madurado y, en su lugar, se mostró humilde en la victoria. Las incontables derrotas que había sufrido le permitieron crecer, reflexionar sobre su antigua arrogancia y comprender la naturaleza de un verdadero guerrero. Cada tres pasos que daba hacia el anciano derrotado, se inclinaba en señal de respeto, pidiéndole que se convirtiera en su maestro. Cada reverencia cargaba con el peso de sus encuentros pasados, pero cada vez que se incorporaba, el joven se sentía más ligero. El peso del pasado finalmente comenzaba a desprenderse. El anciano felicitó al joven por su victoria y aceptó gustosamente su propuesta.
Sin embargo, el sentimiento reconfortante no duraría mucho. La salud del viejo maestro se deterioró rápidamente, y no pasó mucho tiempo hasta que el joven tuvo que realizar los ritos funerarios por su mentor. Estaba conmocionado, había pasado mucho tiempo desde que alguien lo había reconocido de verdad por primera vez tras dejar su aldea. Mientras terminaba los ritos funerarios y colocaba las posesiones terrenales del anciano al pie de la tumba, se percató de la presencia de una carta titulada "Las Enseñanzas del Dios Marcial" junto al testamento de su maestro.
El Dios Marcial Haeam. Aquel que había escalado hasta la cima de las Fronteras Occidentales valiéndose únicamente de su destreza con su woldo, supuestamente había sido asesinado en medio de una lucha de poder interna. El Gran Torneo de Guerra se organizaba cada diez años para conmemorar su memoria. Y luego estaba su padre, quien también había sido asesinado poco después de su nacimiento.
El joven aún no se sentía digno de leer aquellas enseñanzas, así que dejó la carta a un lado y, en su lugar, tomó el testamento de su maestro. La revelación que siguió lo sacudió hasta lo más profundo de su ser, aquel viejo maestro era su padre, a quien creía muerto y que había estado ausente toda su vida. Al recordar la calidez que el anciano le había mostrado, el joven no pudo detener el torrente de lágrimas que surcaba su rostro. Comprendió que no solo había tenido la oportunidad de pasar tiempo con su padre, sino con el mismísimo Dios Marcial. Con Haeam ya descansando en paz, decidió que había llegado el momento de que su propio viaje comenzara.
Regresó a las Fronteras Occidentales y derrotó a cada uno de los enemigos de su padre. Uno a uno los eliminó, y paso a paso ascendió en los rangos. Logró reclamar el woldo de su padre, un tesoro inestimable del reino y símbolo de las Fronteras Occidentales y de los Dioses Marciales, posteriormente regresó a la tumba de Haeam para dedicársela a su difunto progenitor. El hombre continuó siguiendo los pasos de su padre. Sin embargo, se vio envuelto en los engaños y artimañas de los funcionarios corruptos de la corte del reino, lo que puso su vida en grave peligro. Tras sobrevivir a duras penas a múltiples intentos de asesinato, decidió embarcarse en un navío hacia el oeste, llevando consigo nada más que las "Enseñanzas del Dios Marcial" y su woldo.
Tenía el presentimiento de que, aunque el camino que tenía por delante era largo, algún día alcanzaría el final y que al mismo tiempo, con el uso de las enseñanzas de Haeam y su propia iluminación, se convertiría verdaderamente en el Dios Marcial.