Historia de la Kunoichi

◈ Un sueño
El sueño asaltó a Ichi una vez más. Un sueño de valles, de gentes curtidas que sobrevivían gracias a la caza y la recolección en una tierra áspera y gris. Con los ojos abiertos, sabía que aquel lugar era la región de Ryuta, aunque en sus sueños, tenía perfectamente claro que se trataba de su propio hogar.
La hermandad Oeki tenía un asentamiento pequeño, de no más de unas treinta familias. Sus hogares se alzaban a orillas del río Turina. Las cabañas, apiñadas unas junto a otras, se abrían paso alrededor de un pequeño pero humilde salón comunal. Allí era donde el jefe de la hermandad y su familia tenían su hogar y al mismo tiempo, el lugar donde se discutían los asuntos relacionados a la aldea. En sus sueños, ella se sentaba en aquel salón junto al hombre que, según asumía, era su padre.
El sueño avanza a toda prisa a través del tiempo, mostrando destellos de momentos felices. ¨Su padre consolándola tras la muerte de una mascota¨ y ¨sus métodos de entrenamiento para mejorar su destreza con la espada¨. Su voz clama el nombre de "Ichi" y ella se da la vuelta al instante, viendo cómo aquella imponente figura esboza una sonrisa mientras le lanza una bola de nieve. Ella la esquiva, pero en cuanto sus pies tocan el suelo, está de vuelta en el salón comunal, al lado de su padre mientras este preside un pequeño consejo de guerra. Las conversaciones de paz parecen haberse roto y ha comenzado la estrategia sobre cómo enfrentarse a uno de las hermandades del norte. La propuesta de pedir ayuda a la hermandad Sonan, al otro lado del río, despierta un gran interés, y de inmediato se envía a un emisario para solicitar su auxilio. Se decide un plan para emboscar al enemigo en el valle, contando con que los Sonan, si atienden la llamada de auxilio, ataquen desde el fondo del desfiladero. El padre de Ichi le da un toque en el hombro y, juntos, cabalgan hacia la batalla.
El sueño se centra ahora únicamente en la perspectiva de Ichi. Si antes el tiempo pasaba volando, ahora el sueño se ralentiza. Los aldeanos cargaron, atacando primero con kunais, una vez en las distancias cortas, las espadas cortas dieron buena cuenta de las líneas de retaguardia enemigas, protegidas por armaduras ligeras. El sueño se detiene un segundo en el rostro de la primera víctima de Ichi, la expresión de dolor y sufrimiento de aquel hombre quedó grabada a fuego en la memoria de la joven, pero no había tiempo para lamentarse mientras continuaba en la batalla. Cada muerte después de la primera careció de importancia. Ya no hubo primeros planos de sus rostros, ni el sueño volvió a ralentizarse. Entonces, casi tan rápido como había comenzado la batalla, Ichi se descubre a sí misma celebrando el éxito de la contienda.
Los Sonan no acudieron en auxilio de los Oeki, pero eso ya no importaba. Su victoria había sido fulminante y toda la aldea lo celebró unida. Ichi, sentada en el tejado del salón comunal, contemplaba los festejos con una sonrisa. Se terminó su copa y se recostó, clavando la mirada en el firmamento. Había sido un buen día, pensó para sí misma, mientras las nubes desfilaban por el cielo de medianoche.
El sueño llega a su fin y la joven despierta una vez más con una sonrisa en los labios. Toca la espada corta que descansa a su lado y el kunai de su cinturón. Un profundo suspiro quiebra la calma de la madrugada. Se gira para plantar cara a un nuevo día en una tierra que sabe que no es la suya. El sueño le regala un instante de consuelo mientras lucha por adaptarse a otra jornada en el continente occidental, anhelando, con todo su ser, regresar a su propio hogar.
◈ El despertar de la Kunoichi
El verano siempre era una época difícil en los valles meridionales de la región de Ryuta. Aquellas tierras yermas apenas tenían vida en el mejor de los casos, pero en la época estival la zona era propensa a sufrir graves sequías. La hermandad Oeki contaba con un pequeño pozo que les abastecía lo suficiente durante los periodos de escasez, pero aun así, nunca pasaban un verano tranquilos. Su única esperanza era resistir el tiempo suficiente para que las lluvias volvieran a bañar la región y reponer sus reservas.
Con el tiempo, Ichi relevaría a su padre como jefa de la hermandad. Se tomaba sus obligaciones muy en serio, y a menudo se la podía ver sentada en lo alto del valle, limitándose a observar sus tierras con determinación. Desde su primera batalla, había comprendido que conocer el terreno mejor que el enemigo era fundamental para alzarse con la victoria. Su padre solía sentarse a su lado para explicarle las particularidades de los distintos lugares, sus fortalezas y debilidades estratégicas, además de relatarle algunos de los combates que él mismo había librado allí. Lo aprendió todo de su padre y, cuando él se lo pedía, solía rememorar sus palabras, aportando además perspicaces observaciones personales.
Durante la primavera siguiente, la hermandad Sonan comenzó a tomar posiciones en varias zonas del territorio Oeki. Las delegaciones diplomáticas que enviaba la hermandad Oeki a menudo se topaban con la hostilidad de los Sonan, e incluso un encuentro directo entre sus jefes fue incapaz de resolver el conflicto de forma pacífica. La guerra parecía inevitable.
Sin embargo, el verano que siguió fue uno de los más calurosos que las hermandades habían experimentado jamás. El simple hecho de estar a la intemperie resultaba agotador, por no hablar del esfuerzo a la hora de combatir. La guerra parecía haberse estancado antes de empezar de verdad, pero la tensión seguía latente. Ambos bandos luchaban ahora por su supervivencia bajo un calor abrasador.
Un día, Ichi estaba sentada bajo la sombra de una roca cuando una gota de lluvia le cayó justo en la punta de la nariz. ¿Sería aquello, por fin, el alivio a tan espantoso calor? Ichi montó de un salto en su caballo y cabalgó colina abajo hacia el río, con la esperanza de ver brotar aunque fuera un hilo de agua en el cauce seco.
Al llegar, descubrió a una mujer que se había desplomado en la otra orilla del río. Ichi corrió en su auxilio, la subió a su caballo y la llevó de vuelta al asentamiento de la hermandad Oeki. Allí, las gentes de la aldea se hicieron cargo de ella, le dieron agua, le aplicaron ungüentos en las quemaduras del sol y la cuidaron hasta que recuperó las fuerzas. Cuando la mujer despertó, relató que pertenecía a la hermandad Sonan y que había sido desterrada por quebrantar varias de sus leyes. El jefe permitió que fuera Ichi quien dictara sentencia sobre ella. Ichi se compadeció de la mujer y le ofreció un asiento en la mesa para compartir el pan. Desde aquel día, ella ya no sería una enemiga de la hermandad Oeki.
Para cuando el calor abrasador amainó, la mujer Sonan que formaba ahora parte de los Oeki ya se había recuperado y comenzaba a arrimar el hombro y ayudar en el asentamiento. Se encargaba de preparar las comidas, recolectar las escasas hierbas que crecían en la zona y enseñar al jefe diversos aspectos y costumbres de los Sonan.
Una noche, la mujer despertó a Ichi de su letargo:
¨Tengo algo que mostrarte¨ le susurró.
Las dos salieron de la cabaña y se dirigieron a la zona de entrenamiento. Allí, la mujer Sonan tomó un hermoso "Chakram" un gran aro que se ceñía alrededor del cuerpo, provisto de un filo exterior increíblemente afilado. La filigrana labrada en el interior del aro destellaba con un brillo tenue bajo la pálida luz de la luna, revelando su intrincada ornamentación. La hoja en sí parecía reflejar el claro de luna de una forma casi mística. Ichi quedó hechizada por su belleza y, mientras la mujer Sonan le mostraba cómo se utilizaba, quedó completamente prendada de la destreza necesaria para empuñar semejante arma.
"El Chakram simboliza la naturaleza cíclica de la vida. Todo empieza y termina de la misma manera. Sin embargo, este conocimiento no nos deprime, sino todo lo contrario, nos deleitamos en él, ya que también simboliza la conformidad con el orden y equilibrio de las cosas" explicó la mujer Sonan antes de empezar a mostrarle a Ichi los fundamentos para empuñar y utilizar el arma con destreza.
Ichi entrenaba con el Chakram cada día. Dominó los fundamentos con relativa facilidad, pero las técnicas más avanzadas y el llegar a ser verdaderamente letal con aquella arma requirieron un proceso mucho más largo. Al principio, el padre de Ichi veía con recelo que aprendiera a usarla, pero con el tiempo terminó por aceptar el interés de su hija. Todo marchaba sobre ruedas en el asentamiento... al menos durante una temporada.
Durante todo ese tiempo, los Sonan habían estado rumiando su resentimiento. Habían sufrido enormemente durante la ola de calor y, al carecer de reservas, sus celos por las tierras de los Oeki no hacían más que crecer. Su hermandad era mucho más pequeña que la hermandad Oeki, y sabían de sobra que no podían enfrentarse a ellos cara a cara. Sin embargo, sus exploradores descubrieron que una de sus desterradas se había integrado entre los Oeki, y también sabían que, a pesar del destierro, sus lazos con los Sonan seguían siendo fuertes. En secreto, contactaron con la mujer y ella accedió a traicionar a la hermandad que le había salvado la vida. A cambio de traicionar a los Oeki, los Sonan acordaron absolverla de sus faltas y restituir su honor.
Mientras el sol se ponía sobre el valle, Ichi cayó en un profundo letargo. Cuando despertó, se vio rodeada por las llamas. Agarró rápidamente su espada corta y salió al instante de la cabaña para encontrarse por sorpresa con el caos absoluto. La hermandad Oeki había sido sorprendida por completo. La confusión convirtió a muchos de los combatientes en presas fáciles para los guerreros Sonan, aun así, Ichi luchó con todas sus fuerzas. Sin embargo, se sentía aletargada, los brazos le dolían con cada tajo de su espada y con cada esquiva sentía el filo enemigo rozarle la piel. Ichi comprendió entonces que la mujer Sonan había echado algo en el agua, aquella era la razón por la que muchos de los Oeki todavía seguían durmiendo, y los que estaban despiertos parecían debilitados y desorientados por completo. Ichi necesitaba huir, y los pocos que aún mantenían la entereza plantaron cara con la fuerza suficiente para que ella pudiera escapar hacia la espesura del bosque.
Durante días, Ichi vivió con la terrible certeza de que, probablemente, ella era la única superviviente de la hermandad. Los niños con los que había crecido, los hombres y mujeres que la habían criado, su propio padre... sentía que lo había perdido todo. Lloró amargamente por la vida feliz que le habría correspondido tener y juró que regresaría más adelante a la aldea para examinar las cenizas y restos de su ahora pasado.
El día que regresó, caminó entre las cenizas de las casas. Los ojos de su mente rememoraban recuerdos felices y entrañables en cada viga carbonizada. Los cuerpos yacían quemados, masacrados o directamente mutilados. Esas desgarradoras imágenes galvanizaron su determinación de vengarse de la mujer Sonan, la cual había pagado su misericordia con una matanza sin escrúpulos. Registró su antiguo hogar y descubrió el Chakram con el que había entrenado, el mismo que la mujer le había entregado. Sobre las cenizas de su pasado, con un hilo de voz lleno de rabia, juro sobre la propia tumba de su padre:
"Este mismo Chakram ejecutará mi venganza. Hasta que la luna brille en la oscuridad y el mundo se tiña de rojo, daré caza a quienes me arrebataron la vida y juro por mi padre que acabaré con cada uno de ellos"