Historia del Montaraz

El último campeón de Sylva
El Kamarbor, el árbol de la vida para los habitantes de Kamasilva, lloraba. Las hijas de Sylva se estaban enfrentando entre sí. Las Ganelle y las Vedir se masacraban mutuamente sin piedad. Sin embargo, según se rumoreaba, las Ahib (una facción de las Vedir) tenían grandes planes para el futuro. Se decía que habían probado el dulce néctar del poder del Kamarbor y pretendían apoderarse de Kamasilva para someter a la naturaleza a su voluntad. Solo había un posible obstáculo en su camino... el Kamarbor contaba con una fuerza defensiva casi olvidada que protegía las raíces del árbol. Aquellos formidables guerreros, apostados en los confines más remotos, podían desbaratar sus planes; por ello, las Ahib lanzaron un hechizo de sellado sobre las raíces para cortar cualquier posible intervención.
Mientras que las Ganelle y las Vedir eran las hijas de la diosa Sylva, los Luthraghon eran sus hijos. Sepultados, según se creía, en lo más profundo de las raíces del Kamarbor, permanecían vigilantes y con un contacto mínimo con el mundo de la superficie. En mitad de las tinieblas, erigieron la fortaleza de Adùir, un bastión monumental entrelazado con el Kamarbor, el difunto árbol de la luz.
Aun así, en la base del árbol, la voz de la Diosa resonaba con claridad. Eco tras eco, vibraba a través de las raíces brindándoles consuelo. Sabían que, mientras la voz de su madre pudiera escucharse, el mundo exterior seguiría en pie. Pero un día, la voz se apagó. Al igual que les ocurría a las Ganelle, su poder emanaba de la diosa, y cuando su voz se desvaneció, perdieron el sutil vínculo que los unía al otro reino.
Privados de todo contacto, los Luthraghon comenzaron a sentirse perdidos. Entonces, un anciano de los Luthraghon se puso en pie. Un veterano de Adùir, presente desde que se colocaron los primeros cimientos de la fortaleza, alzó la voz para infundirles calma:
Pasaron muchos años. El contacto no se había restablecido y seguían sin escuchar la voz de su diosa. El silencio era ensordecedor. Con cada día que pasaba, sentían que su luz se volvía más tenue, como si la oscuridad se fuera infiltrando en sus propios cimientos.
Un día, los vigías de Adùir avistaron algo en la distancia. Una ominosa nube negra avanzaba pesadamente hacia ellos. El eco de un cuerno resonó a lo lejos, pero se extinguió con rapidez, el explorador había gastado su último aliento de vida en alertar a Adùir. Un segundo y un tercer cuerno sonaron, siendo silenciados de inmediato. Los Luthraghon de Adùir no perdieron tiempo en movilizarse. Mientras ocupaban sus puestos en las murallas, el horror de su enemigo se hizo evidente.
Una gigantesca y arrolladora nube de oscuridad se precipitaba hacia ellos. Las tinieblas rugían en una cacofonía discordante de sonidos, lamentos y alaridos, gritos de dolor y de placer, tonos armónicos y disonantes. Una sinfonía enloquecedora capaz de sembrar el pavor en el corazón del guerrero más templado.
A pesar de todo, los Luthraghon mantuvieron su posición a medida que la nube se aproximaba. Los generales ordenaron a sus soldados encajar las flechas en las cuerdas y apuntar hacia la oscuridad. Adùir quedó sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por las voces de mando de los generales. Incluso con el muro de sonido cercándolos, los soldados permanecían inmóviles, aguardando la orden de disparar. La oscuridad se encontraba a apenas trescientos metros de distancia, luego a doscientos y, de repente, a ciento cincuenta. Los generales ordenaron liberar las flechas, las cuales surcaron el aire y cayeron como lluvia sobre el enemigo invasor; sin embargo, aquella densa cortina de tinieblas pareció no inmutarse. Volvieron a encajar las flechas y esta vez la orden de disparo fue instantánea, pero resultó igual de ineficaz. El muro de oscuridad estaba ya a apenas treinta metros de Adùir. Los Luthraghon que defendían los muros se prepararon para la batalla. El tsunami de tinieblas se elevó por encima de las murallas y se desplomó sobre ellos. Casi al instante se perdieron incontables vidas, pero aquellos que aún podían empuñar sus armas resistían como podían.
De pronto, los espíritus oscuros quedaron hipnotizados por una luz brillante que emergió del centro de Adùir. Aquellos espíritus que vislumbraron el destello se abalanzaron hacia él, desintegrándose en cuanto la luz tocó su oscuridad.
Un joven Luthraghon fue el primero en percatarse. La sangre de sus camaradas caídos formaba charcos alrededor de sus pies. Ya no quedaba esperanza en Adùir, y él quiso creer que aquella luz era un faro de salvación. Rompió las pocas filas que quedaban y corrió a través del campo de batalla en dirección al destello. «¡Cobarde! ¡¿Cómo osas dar la espalda a la voluntad de nuestra Madre?! ¡Defiende las líneas!», le gritó enfurecido el anciano de la fortaleza.
soy el guardián de las raíces.
Mi vida entera está consagrada a los muros de Adùir.
Quiso detenerse, regresar al combate, pero algo lo estaba llamando. Entonces, sintió calidez. Una luz radiante lo envolvió, reconfortándolo y rogándole que la siguiera. Pudo sentir que aquello era la voluntad de Sylva, tal vez el último vestigio de su energía. Le devolvió el grito al anciano: «¡Apártate, anciano! ¡La voluntad de nuestra Madre me arrastra a través de esta grieta!». Y, tras un destello, desapareció.
◈ Ascensión
La luna se alzaba imponente en el firmamento, bañando Kamasilva con una hermosa y pálida luz blanca. El joven Luthraghon permanecía de pie ante el árbol sagrado, absorto en su espectacular resplandor luminiscente. Su mente trabajaba a toda prisa, buscando desesperadamente una dirección. Se sentía sofocado en este nuevo espacio abierto pero, más que eso, se ahogaba en sus propios pensamientos. ¿Hacia dónde debía dirigirse ahora? ¿Cómo podría seguir cumpliendo la voluntad de su Madre? El viento acarició su rostro mientras desprendía una hoja de las ramas del árbol. Él la observó con firmeza, buscando una respuesta para sus millones de preguntas.
Antes, su propósito estaba claro. Había nacido para proteger las raíces del árbol sagrado. En las tinieblas encontraba consuelo, y ahora, bajo la luz del mundo, se sentía desubicado. Este mundo le resultaba completamente ajeno.
A pesar de todo, intentó absorber todo el conocimiento posible sobre el entorno que lo rodeaba. Descubrió libros que hablaban de la guerra entre sus hermanas, sus violentos conflictos, la muerte y el resurgir del Kamarbor... Él ignoraba todas esas cosas. Sin embargo, un párrafo en concreto captó su atención. Descubrió que las Vedir habían colocado un encantamiento sobre las raíces del árbol, aunque el autor no especificaba la razón. En ese instante, el joven Luthraghon lo comprendió todo, habían sido ellas quienes sellaron la conexión entre ambos reinos. Un sentimiento nuevo se apoderó de él, algo que jamás había experimentado. Una rabia profunda.
¿Por qué había derramamiento de sangre entre hermanas? ¿Cómo pudieron dejar encerrados a sus hermanos? Todos existían por la voluntad de Sylva, todos habían sido creados gracias a su amor y afecto. ¿Por qué no compartían la dicha de la vida?
Perdido en la rabia que burbujeaba en su interior, escuchó el crujido de las hojas a lo lejos. Sintió una presencia acechándolo. Al darse la vuelta, la figura se desvaneció, dejando tras de sí un rastro de humo negro. No le hizo falta ver de quién se trataba, supo al instante que era una de sus hermanas Vedir, una de aquellas que habían sellado el árbol sagrado.
Se lanzó a toda velocidad a través del bosque, persiguiendo el rastro de humo negro. Corrió tan rápido como pudo, pero no lograba recortar la distancia. La ballesta que empuñaba era eficaz a corta distancia, pero apuntar con precisión entre la espesura de los árboles era una tarea imposible. Se detuvo para recuperar el aliento y descolgó el enorme gran arco de su espalda.
Se plantó firme, encajó la flecha y tensó la gigantesca cuerda del arco. El tiempo pareció detenerse a su alrededor mientras aguardaba el momento de soltar la flecha. Pudo visualizar la trayectoria del viento entre el bosque y ajustó su puntería. Su objetivo entró en el punto de mira y liberó el disparo. Las hojas de los árboles se agitaron violentamente a medida que la flecha se abría paso hacia su blanco, rugiendo con un estruendo atronador entre los árboles.
El joven Luthraghon recorrió la senda que la flecha había trazado entre los árboles. Estaba convencido de que aquella flecha había canalizado su determinación a través del viento hasta alcanzar al objetivo. Sin embargo, halló la flecha clavada en el tronco de un árbol, había fallado el tiro. Mientras extraía la flecha del tronco, escuchó una voz a sus espaldas:
Al girarse en la dirección de la voz, el Luthraghon vio cómo un poderoso Kriegsmesser imbuido en magia se clavaba en la tierra. Una energía oscura brotó del suelo, derribando al joven Luthraghon con violencia. El dolor en su cuerpo fue desgarrador. Sintió como si sus entrañas se despedazaran por el impacto. Reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, el joven Luthraghon apuñaló a la Vedir con su propia flecha.
Una vez que la tierra se calmó a su alrededor, el Luthraghon examinó el entorno. La Vedir había desaparecido, pero un rastro de sangre delataba la posición de su enemiga. Intentó levantarse para seguir la pista, pero su cuerpo aún estaba demasiado debilitado por la explosión. Consiguió ponerse en pie apoyándose en un árbol. Sentía el dolor recorrer cada centímetro de su ser, que clamaba agonizante. La flecha con la que había apuñalado a la Vedir estaba rota y, mientras la sostenía en su mano, susurró:
Apretó la flecha rota con más fuerza. Sentía amargura y resentimiento por no ser capaz de cazar a su objetivo. De repente, una luz brillantemente radiante penetró en su cuerpo. Al principio pensó que estaba alucinando debido a la pérdida de sangre, pero aquella calidez reconfortante le resultó familiar. Fue entonces cuando divisó a un Lobo lunar que caminaba hacia él.
El lobo se aproximó y comenzó a rodear al joven Luthraghon en círculos. Era la primera vez que contemplaba a una criatura semejante, pero le resultaba extrañamente familiar. Su desconcierto aumentó hasta que se percató de que el gran arco de su espalda resonaba en sintonía con el Lobo lunar. Aunque no estaba seguro, intuyó que el lobo era una proyección del propio arco, estoico pero rebosante de poder. Se convenció de que era un regalo de Sylva.
La Madre Sylva debía saber todo lo que acontecería. Esta era su forma de salvaguardar su vida para que pudiera cumplir su cometido. Se estiró y posó la mano sobre la cabeza del lobo. Este soltó un largo y desgarrador aullido antes de dispersarse en destellos de luz, fundiéndose en uno solo con el Luthraghon.
"Tu destino está en tus manos. Recorre el sendero en el que crees. Asegúrate de que cada paso que des te conduzca a cumplir tu propósito"
El Luthraghon no sabría decir a quién pertenecía aquella voz, pero no importaba. Toda confusión se había disipado de su mente y sus dolores habían remitido. Ya no albergaba dudas para aventurarse en el mundo.
"Este es el camino que he decidido, este es mi destino"